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El taller de Susana
AMADO DEL PINO
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 Cinco
años atrás, el director Raúl Lima llevó a las tablas Tengamos
el sexo en paz, en esa ocasión con Teresa Sánchez. Comentaba
entonces que el monólogo resulta demasiado expositivo y que a pesar
de que derrocha ingenio y desenfado, no siempre las situaciones poseen
suficiente poesía ni teatralidad. El Nobel, Darío Fo, y Franca Rame
elaboraron el texto para la escena a partir de un trabajo de Jacopo,
el hijo de ambos. Lima se ha convertido en un especialista en el
legado de la familia Fo y ahora nos trae una reescritura con evidente
vocación de actualizar y acercar el debate a nuestro contexto. A las
ideas centrales del original se añaden otras anécdotas y canciones.
Por momentos la suma se integra con gracia, pero se tornan redundantes
algunos coros y tal vez se le asigna demasiado peso a la
participación del público en este debate acerca de la sexualidad.
Además, aunque se anuncia que es un espectáculo sobre el sexo y el
amor, el segundo elemento aparece poco y medio oculto en un mar de
risas.
La puesta en escena —también
del experimentado Lima— resulta agradable y funcional, aunque la
dinámica escenografía del maestro Eduardo Arrocha abusa un tanto del
color verde, tal vez buscando una atmósfera hospitalaria o escolar
que no se corresponde del todo con el frenético ritmo del montaje. El
movimiento escénico pudo diversificarse más hacia los laterales y
evitar cierta rutina frontal. Manolo Garriga, con su imaginativo
diseño de luces, aporta teatralidad y vuelo a un espectáculo más
bien sobrio y sin grandes pretensiones.
Si el espectador responde
con frenético entusiasmo y la ligereza no llega a desembocar en algo
frívolo se debe al formidable desempeño de Susana Pérez. Vale
recordar que en Susana se ha dado un caso poco frecuente en nuestro
ámbito. Formada y adorada como dama joven y en otros roles para la
pequeña pantalla, ha encontrado en las tablas un sitio ideal de
consagración. Aquí se las arregla con absoluta fluidez y precisión
para que la larga y a fin de cuentas didáctica conferencia de Fo-Lima
se vista de intercambio y simpatía. El momento en que la intérprete
acude a lo títeres ratifica la envidiable profesionalidad de Susana.
Como mismo parecía una fogueada teatrista desde sus primeras
apariciones en un escenario, aquí cualquiera la creería una
consagrada titiritera. En la deliciosa escena de Adán y Eva el
trabajo de la actriz con los registros de su voz puede calificarse de
virtuoso.
No tengo nada en contra de
que se programen obras ligeras y populares. Mejor aún si —como al
menos se intenta en este caso— el estallido de la risa se acompaña
de la reflexión. Pero tengamos en cuenta el peligro de sacrificar el
arte en aras de mantener a la platea vibrando a cada minuto.
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