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Milagroso, verdadero pintor
Texto y foto: TONI
PIÑERA
Estamos
ante un pintor muy pintor, que a cualquier ilusión de tendencia sabe
anteponer el hecho misterioso, inefable, milagroso de la pintura...
De abstracciones está
hecho el mundo, y Rigoberto Mena sabe además, dónde encontrarlas y
cómo construirlas. Solo necesita abrirse paso con su desbordada
imaginación, por uno u otro lado para ejecutar lo que quiere en cada
momento. Es que lleva dentro de sí todos los instrumentos para crear.
Cuando
la actitud deviene formas, el arte profundiza su sentido expresivo y
ahonda sus imágenes. Es lo que ocurre con la obra del creador
(graduado de Diseño Informacional, 1987), animada por una corriente
interior que siempre —desnuda de alegorías fortuitas— va tras una
esencia testimonial.
Rigoberto Mena favorece el
azar y la indeterminación como elementos constitutivos de su obra. A
la experimentación, que es también objeto del juego, asocia en un
mismo plano el azar con la manipulación más o menos consciente de
los medios expresivos. En los cuadros de esta exposición titulada Cambio
de bola, abierta en la galería La Casona (Muralla 107, esquina
San Ignacio, La Habana Vieja), realizados en técnica mixta sobre
tela, proliferan los pliegues de las formas y la evidencia de una
pintura en constante ascenso. ¿El mensaje? El tiempo, los muros de La
Habana caminan de obra en obra, evolucionando siempre. El diálogo,
pues, con su obra, contiene una riqueza especial porque nos sitúa en
un campo privilegiado para la exploración.
Esta exposición marca
caminos importantes para él. Ahora conquista un conjunto de signos,
una autonomía propia de la pintura, un fraseo plástico en el que se
presenta como él solo, como genuino autor, lo que trae aparejado una
mayoría de edad artística y una consolidación de su trabajo y de su
obra que venían acercándose ya desde hace algún tiempo. Todo ello
independientemente de los ismos en donde pueda clasificarse su
quehacer.
El espacio en los trabajos
de Rigoberto Mena es rico en materia, en color, matices y en una
fragmentación que incide en la irregularidad del plano. El color es
gestual, complementario y en transparencia, podríamos decir. Los
planos son cerrados y múltiples y en contadas ocasiones se abren y
permanecen en su propia valoración. El color en el que proliferan los
ocres, sienas, negros, grises, y blancos, y en donde surge de vez en
cuando una cierta "oxidación" que apoya en su interés por el tiempo,
viene desde la profundidad de la escena o irradia en intensidad en un
primer plano generalizado. El color ocupa ahora el espacio y hace
formas, ideas de formas, siluetas de elementos que son signos. El
artista deja al color y a la gestualidad del pincel, la amplitud del
trazo, las medidas irregulares de la cuadrícula, el rol protagónico.
En cambio, el espacio está cargado de signos, señales que a su vez
solo son pintura, como resolviendo gráficamente el dilema plástico.
Pura pintura con lugares de luminosidad total, con colores que no se
ensucian. El formato es envolvente y establece un vínculo con el
espectador.
Cada cuadro es entonces
una ventana abierta. Y nada más estimulante que penetrar por una de
esas ventanas que Mena pinta, con la expectación de encontrarnos con
lo maravilloso. Estamos en presencia de una obra que ha crecido
en el tiempo, ¿ha cambiado de bola o es que el creador sigue en
ascenso artístico?, y ha sido concebida con muchos buenos "ingredientes":
palabras, grafismos, manchas, juegos de colores y técnicas, collages
y hasta con los secretos de un libro personal (del cual ha salido una
serie de obras presentes en la muestra). Con todos esos elementos
Rigoberto Mena nos permite entrar en su laberinto pictórico y nos
lanza el reto de interpretar su obra con el juego de nuestra
imaginación.
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