El fantasma de la ópera

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

"El fantasma existió y tengo pruebas", no se cansaba de repetir un entusiasta Gaston Leroux, escritor de novelas policíacas, que en 1911 dio a conocer El fantasma de la ópera, un relato romántico por excelencia, que ya en 1925 era llevado al cine mudo nada más y nada menos que con Lon Chaney (el hombre de las mil caras) en el papel principal.

Otras películas y seriales para la televisión se han realizado a partir del trágico amor de un pobre desfigurado que se enamora de una joven cantante, y que por celos llena de espanto el ámbito operístico de un París de 1870. Pero lo que le concede a la historia el sello de "sonada y buscada" en los últimos tiempos es la obra musical que en 1986 estrena en Londres Andrew Lloyd Webber, vista, según se afirma, por más de 80 millones de personas en el mundo.

De Webber bastaría con recodar que es el mismo autor de óperas rock tan exitosas como Cats, Jesucristo Superstar y Evita. Y también que tras el rápido triunfo de su fantasma pensó en una versión para el cine. Solo que en aquellos años los productores aseguraban que el musical ya estaba muerto y no arriesgaban un centavo por un proyecto que demandaba una inversión millonaria. Pero llegaron filmes como Molino Rojo y Chicago y las fichas del dominó se viraron al revés: ¡a correr que el musical renace!

No pocos directores de primera línea se habían interesado en filmar la versión musical, Spielberg entre ellos, pero Webber se decidió por un viejo pretendiente, Joel Schumacher. Y lo hizo teniendo en cuenta "la maestría" mostrada por el realizador en el filme Jóvenes ocultos para captar la naturaleza sombría y torturada de sus personajes. Los que conocían bien la obra teatral, sin embargo, no tardaron en asegurar que la selección se debía a que Schumacher es más un artesano que un artista transformador, y si algo exigía Webber, guionista también de la versión cinematográfica (75 millones de dólares) es que su historia teatral no sufriera transformaciones significativas al ser llevada a la pantalla.

El resultado es este Fantasma de la ópera, ahora en estreno, y con algunas escenas filmadas por primera vez en la mismísima Ópera de París. Una película espectacular, llena de colorido, con travellings que cortan la respiración, espléndida escenografía y música muy pegajosa, aunque machacada en exceso. Y como para disfrutar dos veces, la famosa caída del candelabro principal del teatro.

Envoltorio de primera, cierto, pero que a ratos recuerda viejas estéticas de los años sesenta, y máxime cuando se compara con la sí espectacularidad creativa de cintas como Chicago y Molino Rojo. Y está lo otro, esa esencia difusa de un filme que se dispone a ser romántico a ultranza y se queda a medio camino de la emoción pretendida, debido al trazado esquemático de los personajes, a la impronta de historia inflada (tras la huellas del original teatral) que se respira, y a unas actuaciones con poca credibilidad en lo que respecta a eso dado en llamar "la química necesaria" en menesteres de amores tormentosos.

El monstruo original de la novela de Gaston Leroux es interpretado por Gerard Butler, suerte de galán con unas cuantas cicatrices que no le impedirían "levantar" lo mejor y más hermoso durante un paseo vespertino. Convincente como seductor, sí, pero flojo en el desdoblamiento del rencoroso enamorado que convierte su pasión en pánico. Mejor, y con mejor voz para los diálogos cantados, resulta Emma Rossum en el papel de Christine, la corista que aspira a triunfar en la ópera y que hace trizas el corazón del fantasma.

No he visto El fantasma de la ópera en su exitosa versión teatral, pero a juzgar por la película —a la que no le faltan virtudes, aunque sí emociones— en esta ocasión el celuloide se quedó por debajo de las tablas.

 

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