Huella habanera del Cuarteto con Piano de la Filarmónica de Berlín

Prodigio y fulgor

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu 

Cada sonido en su lugar, cada pasaje en su justa expresión. Suprema lección de estilo y maestría, de respeto por la música y de gesto jubiloso al entregarla. Tal fue la huella, fúlgida y prodigiosa, que dejó en La Habana el último miércoles el Philharmonisches Klavierquartett (Cuarteto con Piano) de la Filarmónica de Berlín, al encontrarse por primera vez con el público cubano en la Basílica Menor de San Francisco de Asís, por cortesía del Goethe Institut y la Oficina del Historiador de la Ciudad.

A veinte años de su fundación, celebrados el pasado febrero en la Kammermusiksaal de la sede de la Filarmónica, la agrupación refleja el dorado esplendor de un oficio reposado, mas no por ello rutinario. En la actitud de enfrentar un repertorio camerístico exigente se revela mucho más que la suma de talentos individuales. Por sí mismos, cada uno de sus integrantes puede blasonar de sus hojas curriculares: el pianista ruso Pavel Gililov recibió el espaldarazo de su Cuarto Premio en el IX Concurso Internacional Chopin, de Varsovia, en 1975; ese mismo año el violinista Rainer Sonne ganó el Concurso Mozart de Wuzburg y de inmediato accedió a la mítica formación de Von Karajan de la cual es su actual concertino; el violoncellista suizo Markus Nyikos escaló entre 1976 y 1977 a lo más alto del podio sucesivamente en los certámenes Swiss Soloist y Gaspar Cassadó, de Florencia; y el violista Rainer Mehne, quien también es un violinista de lujo, recibe llamadas constantes para ofrecer conciertos como solista e impartir clases magistrales.

Sin embargo, al unirse, se transportan a otra dimensión del arte, que también difiere de su experiencia como miembros de una de las más prestigiosas formaciones sinfónicas del mundo, ahora bajo la rectoría general del inglés Simon Rattle. Mehne lo ha explicado del siguiente modo:"La música sinfónica y la de cámara brindan experiencias muy distintas. En la primera, uno se percibe dentro de un conjunto monumental de voces, poderoso e ilimitado; mientras que la segunda es como producir una sola voz, una vivencia más íntima y sutil''.

El Cuarteto para piano en Sol menor op. 25, de Johannes Brahms, compuesto en 1861 por el autor alemán, y el Cuarteto para piano en Mi bemol mayor op. 16, de Ludwig van Beethoven, permitieron a los músicos berlineses desplegar la más variada, y a la vez concentrada, paleta de recursos técnico-expresivos para una formación de su tipo.

Podría hablarse hasta aquí de pleno dominio de los territorios románticos de la música de cámara, lo cual es bastante. Pero si a ello se añade la sutileza con que esta agrupación desgranó —e hizo descubrir a la mayoría del auditorio— el Cuarteto en La menor, del español Joaquín Turina, convendríamos en que el Philharmonisches Klavierquartett es una formación integral.

 

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