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Mirarse en el espejo de los labriegos de San Juan
Texto
y foto PASTOR BATISTA VALDÉS
LAS TUNAS.—Casos como
el de los labriegos de San Juan merecen atención. Se trata de un
grupo de personas que desde 1992 labora la tierra próxima a la
carretera que une a Las Tunas con la ciudad de Puerto Padre.
En los últimos 13 años estos labriegos no han dejado de producir.
En realidad nunca
habían tenido —ni necesitado— un palmo de terreno. Eran, por
entonces, jubilados de distintos sectores y antiguos combatientes,
todos con una meritoria trayectoria laboral y social. Fueron las
inclemencias del Periodo Especial las que un día los convirtieron
en verdaderos labriegos.
El sexagenario Digno
Ramírez Coba, quien durante dos décadas fungió como delegado de
base del Poder Popular en esa zona, recuerda aquel momento así:
"El
marabú se comía a la tierra en todas partes. Aquí mismo, los
delincuentes se escurrían entre los marabuzales para sacrificar
ganado mayor o para apropiarse del pienso y de las gallinas de unas
naves avícolas cercanas. Se imponían dos cosas: poner a producir
todas las áreas posibles y combatir el delito.
"Y
como eso no le correspondía solamente a las empresas de la
agricultura, sino a todo el mundo, el Partido y el Gobierno
orientaron entregarle, de forma organizada, un área de seis
cordeles a quienes tuvieran posibilidad, fuerza y voluntad para
ponerlos a producir.
"Estudiamos
bien la situación, hicimos propuestas y así empezaron a trabajar
su pedacito de tierra, primero dos combatientes de la Revolución,
un poco más acá un custodio, por allá un internacionalista, hasta
totalizar unos 14 compañeros."
Han transcurrido 13
años y el panorama establece, por sí mismo, diferencias
sustanciales.
Difícilmente alguien
pueda hallar una mata de marabú en las aproximadamente dos
caballerías de tierra atendidas por estos hombres. Machetes y picos
se encargaron de demolerlo al principio. Pequeñas plantaciones de
maíz, yuca, plátano, frijol, boniato y otras variedades, siguen
impidiendo que la nociva plaga vegetal rebrote.
Igualmente curioso y
alentador es el destino de esas producciones: asunto en torno al
cual también hubo claridad y consenso desde el primer momento.
Nadie ignora que para
los hogares de Walfrido Mora, Ramón Carreño, Felipe y Selme
González, José Guerra, Antidio, Marino y los demás, resultan muy
oportunos los frutos que ellos extraen a la tierra, a puro puño y
sudor. Pero también es cierto que de algún modo parte de sus
cosechas benefician a las familias de San Juan y de los barrios
donde viven en la ciudad esos labriegos.
Visto así, bajo el
prisma de lo cotidiano, todo esto pudiera parecer intrascendente.
Pero no lo es; sobre todo para miles de familias que, en todo el
archipiélago cubano, no se amilanaron ante las calamidades que
acarreó aquí el derrumbe del campo socialista, ni se cruzaron de
brazos, y vieron la solución en esa fuente inagotable de riquezas
llamada tierra, a la que solo hay que entregarle los brazos y mucha
voluntad para que nunca se agote su tributo. |