La chica del millón de dólares

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

De extreno en las pantallas, la ganadora del Oscar de este año, La chica del millón de dólares, una excelente manera de comprobar cómo el premio de la Academia no es precisamente un reconocimiento a lo mejor y sí muchas veces un lauro "a la simpatía".

La simpatía se llama en este caso Clint Eastwood, el director, quien además (y para desconcierto de los que conocen sus limitaciones, aquí repetidas) aparecía también nominado como mejor actor.

Traficantes de opiniones en el mundo han tratado de vender este filme —y algunos se lo han creído— como una verdadera obra de arte, cuando lo cierto es que en buena medida se trata de un compendio de trilladas situaciones dramáticas, desarrollándose bajo una impronta de sentimientos manipulados como si fueran las riendas de un caballo.

La historia de La chica del millón... la hemos visto mil veces a partir de los clichés melodramáticos asentados por Hollywood en el gusto de medio mundo: muchacha pobre y algo pasada de edad quiere ser boxeadora para salir de la miseria. Entrenador viejo y talentoso, pero fracasado, no quiere entrenarla. Muchacha insiste. "¡Vamos allá!", dice él finalmente, y comienza la pelea.

Desde Rocky, hasta Karate Kid, pasando por otras más. El cansancio de lo mismo, claro. Pero Eastwood quiere sorprender tras haber hecho transcurrir medio metraje por los caminos usuales del género. Ello, hay que reconocerlo, dentro de una elaborada fotografía y actuaciones sobresalientes, como la de Morgan Freeman y en especial Hilary Swank, responsable, en alto grado, de que el filme parezca muchísimo más de lo que es.

Y para asombrar y tratar de que su película supere el calificativo de "vieja historia bien contada dentro de los parámetros comerciales del género", Eastwood da un timonazo de guión en el último momento y enrumba en busca de la lágrima redentora que llene de emotividad su trama y justifique los presupuestos éticos vistos en muchos de los filmes por él dirigidos y, como nunca antes, ahora subrayados: la necesidad del perdón tras un envejecimiento atormentado, culpa y redención, fracasos y amarguras pasando al final de la vida por un filtro de purificaciones espirituales. Algo así como si su estropeado personaje, Harry el sucio, buscara clemencia después de haber despachado con su enorme revólver a media humanidad.

Pero ese final (¡ese sufrimiento exacerbado!) huele a otra película, o mejor, a fórmula clásica disfrazada de "aportes", aunque en esencia dirigida a secar lagrimales.

La chica del millón de dólares viene a demostrar cuánto, a partir de los recursos, puede maquillarse una vieja estética y hasta hacerla pasar como algo novedoso dentro de un género (en este caso el deportivo). Es posible que el director tenga mucho que decir acerca de sus preocupaciones humanas, pero dudas y búsquedas acerca de la existencia, serían mejor atendidas cuando sea capaz de armar historias que —aunque ganadoras del Oscar— resulten menos truculentas.

 

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