El lenguaje del silencio

Armando Sáez Chávez

LAJAS, Cienfuegos.—Los bueyes de Delvis Castellanos pudieran llamarse Ojinegro, Veneno, Careto o Azabache; pero en verdad no tienen nombre. Su dueño no pudo bautizarlos con ninguno de los característicos para esas nobles bestias.

Foto: EFRAÍN CEDEÑODelvis Castellanos logró su propósito.

Lo cierto es que Delvis es sordo y mudo, pero ello no pudo impedir que este labriego hiciera realidad su propósito de la infancia: ser boyero.

Quizás lo más sorprendente del caso de este lajero, oriundo del asentamiento El Salto, es la forma en que aprendió a guiar a su yunta y cómo esta obedece cada orden que le da.

En pleno laboreo de la tierra, lo encontramos allá en la finca Maguaraya, de la Granja Agropecuaria Ramón Balboa, donde trabaja. Mientras los bueyes tiraban del arado, sonidos casi imperceptibles orientaban a los animales.

El secreto de la estrecha comunicación que se establece entre bueyes y hombre, está en el trato cariñoso con ellos. Y como para que no haya duda, el agricultor pasó la mano por el lomo del guía, que enseguida entendió que debía iniciar de nuevo la faena.

El tiempo de la visita fue el justo, porque ya los otros boyeros se le adelantaban en la jornada y Delvis no soporta quedar a la zaga, ni cuando trabajaba en la caña, ni ahora en la producción de alimentos, como parte de la tarea Álvaro Reynoso, luego que el Ministerio del Azúcar asumió esta misión.

 

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