Manolo, el adelantado

El director orquestal Duchesne Cuzán dejó su impronta en la difusión de las vanguardias musicales del siglo XX

PEDRO DE LA HOZ

Foto: JORGE LUIS GONZÁLEZSi el último sábado, al darse a conocer su deceso, fue sentida la ausencia de Manuel Duchesne Cuzán, lo será todavía más cada vez que se hable entre nosotros de la necesidad de romper lanzas por la música que no se conforma con la tranquila y segura gloria del pasado.

Manolo fue un adelantado. Disfrutaba una sinfonía de Beethoven, un capricho de Chaikosvki y las efervescentes melodías de Lehar y Strauss, pero lo que más le excitaba intelectualmente era estrenar nuevas propuestas musicales, acompañar a los compositores cubanos en sus descubrimientos, escudriñar las estéticas de ruptura que a lo largo del siglo XX cambiaron el sentido de la música.

Por muchos años en el podio de la Orquesta Sinfónica Nacional, con la batuta heredada de uno de sus maestros, Enrique González Mántici, y dueño del don de la ubicuidad que le permitió arrostrar con oficio las grabaciones de la inmensa mayoría de las bandas sonoras del cine cubano entre los sesenta y los ochenta, Manolo consagró sus mayores energías a darle cuerpo a uno de los más fascinantes proyectos musicales cubanos de todas las épocas, el conjunto instrumental Nuestro Tiempo.

Alguna vez hablamos de lo que había representado ese ensemble para él y para la cultura cubana: "La programación habitual de la Orquesta Sinfónica en la segunda mitad de los sesenta era muy exigente. Lo que Mántici había sembrado, lo íbamos cultivando: venían solistas muy respetables del campo socialista y contábamos con instrumentistas de mucho oficio que desde esos países colaboraron con nosotros. Pero, al mismo tiempo, se iba desarrollando una obra aquí en Cuba que no tenía que ver con las convenciones clásicas. Leo Brouwer, Carlos Fariñas, el propio Juan Blanco con su obra al margen de la electroacústica, Héctor Ángulo, Sergio Fernández Barroso, Calixto Álvarez, Carlos Álvarez Sanabria, Carlos Malcolm y otros tantos aportaban novedades, que no siempre encajaban en el formato sinfónico. Había una obra de cámara muy diversa, rica y nueva de los compositores precedentes, Gramatges, Ardévol, Martín, Landa. Y nada de eso se conocía. Como tampoco se conocía que en el mundo la música estaba cambiando. Por eso, con un grupo de músicos, de esos de espíritus despiertos que uno siempre se encuentra y le gusta arriesgar, organizamos Nuestro Tiempo. Ese es uno de mis mayores orgullos".

Sí desfilaron partituras de Schonberg y Berg, de Lutoslawski y Penderecki, de Maderna y Berio, pero también de nuevos autores latinoamericanos y de los cubanos que experimentaban con el sonido de la época.

En los últimos meses, Manolo trató de darle nueva vida al conjunto. Recuerdo una conversación al respecto: "No se puede oír música de cámara actual solo en octubre", me dijo aludiendo al Festival de La Habana que la UNEAC diligentemente organiza y ha quedado como una isla para la música contemporánea. "Si tengo fuerzas —comentó—, no tendremos otro remedio que volver a dar la batalla. Y tú sabes que yo soy guerrero por naturaleza".

Quedamos en oficializar una entrevista para abordar los desafíos de la difusión de este campo musical. Fue imposible. La enfermedad y la muerte lo impidieron. Ojalá no impidan que las ideas adelantadas de Manolo caigan en el vacío. Para mí está claro: donde haya vanguardia, ruptura, aventura, allí encontraremos a Manolo.

 

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