Vive Cuba en la escena

PEDRO DE LA HOZ

Ante el primer cuadro, que viene siendo el prólogo, sentí espanto. ¿Sería posible que sobre la escena del Teatro Nacional se repitieran el síndrome barato de una Isla turística y estereotipada, bajo el ropaje de una producción que se anticipaba con determinado vuelo artístico?

Foto: RAÚL LÓPEZPor suerte pasó pronto la primera impresión. Viva Cuba, el espectáculo danzario-musical de la compañía Yoldance y Pachito Alonso, de estreno en la capital cubana y con la mira puesta en los teatros europeos que acostumbran a arropar esa expresión escénica, no tiene que ver con esos lamentables e innecesarios primeros minutos de presentación.

Es una obra que se legitima a sí misma, sobre la base de una concepción del espectáculo en la cual la insularidad no se reduce a elementos tópicos, sino a la exaltación de su proyección universal.

Viva Cuba es una fiesta de los sentidos, un despliegue espléndido de la extroversión, el gesto, la gracia, el color, el movimiento y las músicas de la Isla. El repaso histórico —más que lugar común, trampa en la que han sucumbido más de una vez las pretensiones totalizadoras de los espectáculos que pretenden resumir la formación y los componentes de la identidad cubana— fracasa a nivel narrativo, pero resulta en un plano simbólico y en su generosa entrega sensorial.

Si la fragmentación de la cronología y la estrechez de una dramaturgia basada en estampas condensadoras de ciertos momentos de cristalización del devenir nacional esquematizan el relato —evidentemente el guión es el costado vulnerable del proyecto—, este encuentra su tabla de salvación en la libertad del retrato coreográfico.

Yolena Alonso supo impregnar de trazos vigorosos el espacio escénico, a partir de códigos danzarios de fácil lectura y compleja elaboración conceptual, valga la paradoja. En la solución de esta última se juega el póker de la comunicación gozosa, de la empatía con el espectador. La Alonso se las arregla para escapar tanto de la copia folclórica como de la ilustración anecdótica y ha entrenado un cuerpo de bailarines integralmente dotados para dar vida a un vertiginoso y exultante tejido en el que los aires clásicos y contemporáneos, el vuelo académico y el toque callejero, se funden de manera orgánica.

Esta exigente propuesta no estaría completa sin una banda sonora en la que también cuentan muy puntuales presentaciones en vivo de la orquesta de Pachito Alonso y los Kini Kini. El binomio integrado por Pachito y Edesio Alejandro fructifica en una explosión creativa sencillamente estelar. Entre ambos renuevan el parque polirrítmico de los géneros insulares, tanto en las piezas originales como en la recreación de temas tradicionales y de reciente factura. Son músicas puestas al día pero sin concesiones a la moda.

Como aire fresco irrumpieron, de modo muy particular, las intervenciones de José Luis Arango. Hay que darle todo el valor que se merece a esa voz curada y auténtica que se mueve con hondura en el bolero y el son. Mucho nos hubiera gustado que otra gran voz que se escucha, la de Adriano Rodríguez, saliera de las sombras para manifestarse en vivo sobre la escena.

A Viva Cuba le auguro, si se maneja bien, un impacto internacional de consideración. Cumple con las reglas de lo que se espera de este tipo de espectáculo, pero a la vez, salvo las corregibles intromisiones indeseables, lo excede en novedades promisorias.

 

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