|

Bailando cha cha chá
ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
Los que conozcan la obra
fílmica de Manuel Herrera estarán de acuerdo con que Bailando cha
cha chá es su película más ambiciosa y por lo tanto, riesgosa.
Arriesgada
en lo artístico no tanto por la historia que cuenta, como por la
manera en que lo hace: unas formas que beben en más de una fuente
cinematográfica y a la vez pretenden mantener un estilo unificador,
en el que a ratos predominan aires posmodernos y el empeño de que
algunas situaciones y diálogos, ubicados en la década del cincuenta
del pasado siglo, "conecten" con el presente.
Y como gran regidor, el
melodrama, esa dama bifronte y tentadora que a más de un buen
director ha hecho resbalar.
En el caso de Herrera, un
recurso que a lo largo de su trama —se le analice lo mismo como hilo
conductor general que en aisladas escenas— se le da y no se le da.
No hay que temer al
subrayado de que la historia de Bailando cha cha chá es tan
tremendista como rocambolesca, porque se trata de una condición
establecida del melodrama, que permite a los directores manipular las
acciones con libre antojo e influir en el estado emotivo del público.
Un sine qua non que habla de la exageración en alto grado y a partir
de valores contrastantes (buenos y malos) rigiendo las conductas de
sus personajes.
Recordar si no aquellas
cintas mexicanas de los años cuarenta en que la bella cabaretera
moría ensangrentada y jurando amor eterno en brazos de su amante
victimario, tiempo fílmico de desgarramientos y lágrimas —tan
disfrutado por madres, abuelas y nosotros mismos, de pequeños— que
ahora le sirve de máxima inspiración a Manuel Herrera.
Huellas e influencias que
han resultado también pivote de más de un director. Acordarse de
Ripstein y Almodóvar. Y precisamente de este último se advierte un
tenue revoloteo en Bailando cha cha chá, y no solo por
los tintes presentes en el giro dramático del joven cadete que
coincidiendo con el nacimiento de la música de Jorrín se siente
presa de "una confusión de sentimientos", como diría
Stefan Zweig en aquella novela escrita en los años treinta. Esa
atracción repentina del joven expositor de una "alta
masculinidad" hacia una transexual, le sirve de base al director
para subrayar —con buena dramaturgia y actuaciones— uno de sus
planteos éticos: el respeto hacia la diferencia, algo que, como se
recordará, también era abordado en Fresa y Chocolate (y
en otras muchas películas más, allende los mares).
El revoloteo
almodovariano, con su girar de tremendismos en la trama, no se
aprecia, sin embargo, en la manera de asumir el melodrama.
Herrera opta por
suscribirlo casi "a pulso" en lo relativo a sus conflictos
humanos y allí donde quizá intenta un guiño destinado a
desdramatizar (y con ello suavizar la carga de inverosimilitudes que
ha venido recorriendo) la ecuación no le cuadra con los matices
artísticos que se hubiesen deseado. Cuando Mercedes, tan bien llevado
el personaje por Eslinda Núñez, visita la mansión de su viejo
pretendiente millonario, ya en las postrimerías de la historia, y se
entera de lo que no diré, le falta a la escena un aire extra, de
renovación genérica, que haga del espectador un cómplice y no lo
remita de golpe y porrazo a inocentadas estrujacorazones ya vistas y
revistas.
Sin embargo, minutos
después, y ya en otro tono narrativo (la sugerencia como vehículo
esencial del buen arte), el filme logra uno de los finales más
impactantes del cine cubano de los últimos tiempos cuando el actor
Teherán Aguilar (el militar al servicio de la censura batistiana)
abre una puerta y comienza a subir una escalinata, mientras se plantea
las nuevas decisiones por tomar que le depara el futuro.
Ya se ha dicho que no es Bailando
cha cha chá una película de reconstrucción histórica,
pero es evidente que dentro de los esquemas afines al género se
redondea el pulso de una época. Aunque el cha cha chá, como música,
destaque poco. Porque los arreglos de Edesio Alejandro —para
disfrutar en un disco a partir de sus meritorios aportes pop—,
unidos a unas coreografías en la que no faltan pasos "a lo
Michael Jackson", distan de cuajar como elementos integradores en
una cinta que es también un musical, y como tal, no puede prescindir
de sus responsabilidades. Elemento meritorio del filme lo constituye
el cuadro de actores, en el que sobresalen los jóvenes Aguilar y
Sandy Marquetti —toda una revelación— como el flautista apegado a
Enrique Jorrín (excelente Erman Or Xoña en este papel).
Algunos de los elementos
aquí expuestos y otros más sin espacio para adentrarse en ellos
(como el romanticismo floreciente a partir del padre pelotero
convertido en fantasma) hacen de Bailando cha cha chá una
cinta de valores contrastantes y rica para la discusión.
A Manuel Herrera le falta
ahora, para completar su trilogía musical (la taquillera Zafiros,
locura azul, fue la otra) la película sobre el mambo que ha
anunciado.
No sería erróneo apostar
que, con los caminos y pentagramas transitados, esa sería la mejor de
todas.
|