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EE.UU.: otra
catástrofe varias veces anunciada
El desastre provocado
por el huracn Katrina encuentra a la primera potencia mundial
expuesta a sus propias fragilidades
Oscar Raúl Cardoso
ocardoso@clarin.com
Es asombrosa la impiedad
de la naturaleza a la hora de desnudar los fallos del hombre. Como
en el caso del reciente tsunami en el Asia o de la aun inconclusa
devastación del huracán Katrina, ese efecto sincerador de
las fuerzas naturales cuando se vuelven incontenibles deja en
evidencia mucho más que las vistas desoladoras de escombros y
cadáveres.
Denuncia los agujeros negros de la conciencia de una determinada
época; vuelve absolutamente visible la inexplicable capacidad
autodestructiva que solo la especie humana cultiva.
Katrina tuvo más que el poder de los vientos y de las aguas porque,
ahora, cuando éstos se agotan puede aún desnudar el vacío de una
era, la que hoy encarna mejor que nadie el presidente George W.
Bush. El Estado nacional más poderoso del planeta que viene
desertando sin pausa del proceso social desde los años 80, acaba de
alcanzar bajo su liderazgo una cima de ausencia al mostrarse
incapaz de hacer llegar abrigo, alimento y medicinas a pobladores
rodeados por el agua, nada menos pero —convengamos— tampoco más
que eso.
Es bueno observar algunos detalles. ¿Por qué no llegaron —no
llegan aún— esos elementos a ciudades como Nueva Orleans y
Biloxi? Sencillamente por la combinación de factores críticos,
dicen los expertos: la desinversión de fondos federales que el
gobierno de Bush realizó en obras de infraestructura y en el área
de prevención y asistencia de desastres desde el 2000 y la
distracción de elementos críticos —por ejemplo algunas lanchas
con gran capacidad de maniobra y transporte en dotación de las
Guardias estaduales y nacional—, comprometidos hoy en el
marasmo iraquí.
Es poco consuelo para las víctimas de Katrina que algunos
centenares de veteranos de la ocupación de Irak —recién
regresados del frente— hayan sido sumados a la fuera militarizada
(las policías locales fueron superadas) que intenta mantener alguna
semblanza de paz social en los escenarios post huracán.
Es el viejo pecado regresando para visitar a los pecadores: ¿quién
puede considerar la acción de esas tropas que la sociedad envió al
Golfo Pérsico como una protección, si su experiencia es la de
disparar desaprensivamente sobre los civiles iraquíes? Y, para
destacar ese riesgo el comandante en jefe, Bush, les ordenó
disparar a matar a las víctimas de Katrina cuando lo crean
necesario.
En esta circunstancia la hiperpotencia del planeta pierde gran
cantidad del brillo que se le suele asignar. Es la repetición de
"La Edad Dorada" que Mark Twain y Charles Dudley Warner
describieron en su novela homónima de 1873, que le dio nombre a la
época: la de una sociedad absorbida por la codicia, por el
olvido pertinaz del menos favorecido, conducida por políticos
corruptos, que parecía irradiar progreso y prosperidad.
Nótese que los autores eligieron el término "dorada"
como contraposición a la mención del metal precioso, el oro. La
pátina reluciente actual de Estados Unidos y, sobre todo, del
modelo que propone —quiere imponer, en verdad— al resto del
mundo se muestra de espesor apenas epidérmico sobre una realidad
social oscura. Y no hizo falta otra cosa que el agua y los vientos
para llamar la atención de una zona de Estados Unidos en la cual,
hace ya tiempo, las estadísticas dicen que tres de cada diez
niños viven por debajo de la línea de pobreza.
Pero aún más asombroso es que hasta esa exposición pudo haber
sido evitada en gran medida. Hace cuatro años un periodista
estadounidense especializado en temas científicos, Eric Berger,
aseguró que el escenario de desastre más temible para su país
era el de un huracán poderoso y puso su gravedad posible por
sobre el de un gran terremoto en California o un ataque terrorista
con armas de destrucción masivas (nucleares, químicas o
biológicas).
Berger tomó lo suyo de los modelos de predicción elaborados por
científicos. "De cara a la proximidad de una tormenta"
—escribió refiriéndose a Nueva Orleans— los científicos dicen
que la rutas de evacuación menos que adecuadas de la ciudad
deberían tolerar 250.000 refugiados o más y probablemente uno de
cada diez de los dejados atrás en el éxodo moriría mientras la
ciudad queda sepultada bajo seis o más metros de agua".
Ese texto fue, sabemos ahora, una suerte de recuerdo del futuro.
Como sucedió en los días que siguieron a los atentados contra las
Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono en Washington en el
2001, las autoridades son renuentes a contar víctimas como
si ello pudiera realmente limitar el impacto sobre la conciencia
colectiva. Y, para peor, Bush no tiene ahora el comodín de la
fantasmagórica figura de Osama bin Laden para desviar la
atención de todos, tocando las cuerdas del temor masivo. Lo que hay
para temer en esta hora es la impotencia en que su administración
sumió al Estado.
Y quizá esto no sea lo único. La región, en la que por lo menos
una docena de refinerías han sido fuertemente afectadas, produce una
quinta parte del petróleo y un cuarto del gas natural que
consume el voraz mercado estadounidense. Esto en un marco donde el
valor del barril ya ha superado los 70 dólares, nivel del que hay
pocas esperanzas de que regrese.
Hay en el daño de Katrina una suerte de acusación múltiple
retroactiva. No hay, ahora, opinión científica sólida que no
relacione fenómenos como el de este huracán —o el tsunami
asiático— al recalentamiento climático, suerte de suicidio
planetario que Washington está empeñado en mantener activo con su
rechazo del Protocolo de Kyoto, a pesar de que este cuenta con
amplio consenso mundial.
En la novela "Tiempo Tormentoso", escrita por Carl
Hiaassen hace una década, uno de los personajes, gobernador de
Florida en la trama, se ata a un puente en las horas previas a una
gran tormenta en la esperanza de poder contemplar cómo la
naturaleza destruye las embarcaciones de lujo, las grandes
residencias y todos los símbolos de la codicia que olvida todo
deber social. ¿Alguien ve a Bush emulándolo? No, por
cierto; lo que da razón de más para preocuparse por la marcha de
las cosas.
Tomado del Clarín |