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Excesos y transgresiones
PEDRO DE LA HOZ
Las altas temperaturas
del verano no tienen nada que ver con el calentamiento cerebral, ese
que se advierte en algunos veraneantes.
Mientras suman cada vez
más los que disfrutan la amplia variedad de opciones recreativas,
cultas y expansivas, que se ofrecen durante la temporada estival, lo
cual supone un enorme reto organizativo y logístico desde la
comunidad hasta la nación, hay quienes metabolizan la etapa como
espacios para el exceso y la transgresión.
Vayamos de menos a más,
de los que se pierden a sí mismos a los que hacen perder la
tranquilidad a los demás.
Un país de sol y playa
debe tener en sus habitantes los máximos celadores de las bondades
naturales de esos tramos de costa donde el baño refresca y
vigoriza.
Sin embargo hay quienes
desembarcan en la arena con ánimos trogloditas, arrancan
cobertores, arrojan desperdicios, siembran colillas y enturbian las
aguas.
En la franja costera del
Este de la capital, un lector fue testigo del comportamiento
desmedido de un grupo de personas no tan jóvenes que lanzaban
balonazos a diestra y siniestra —no era deporte, no era sano
entrenamiento muscular—, y corrían y echaban arena a los ojos de
quienes se hallaban tumbados al sol.
Cuando nuestro
corresponsal, un individuo de 30 años, que pasaba un día de playa
con su compañera y su pequeña hija, los requirió, recibió la
siguiente respuesta: "La playa es pública. Si le molesta, córrase
más allá".
Desde la provincia de
Holguín, un mensaje epistolar compartía la preocupación del
remitente por la temible asociación entre playa y alcohol que
parece inevitable para algunos. A modo de ilustración nos cuenta
haber observado a un grupo de hombres maduros que luego de empinar
varias botellas de ron "peleón" bajo el sol descarnado de un
mediodía de este verano, comenzaron a soltar improperios y a
derivar del piropo amable a la expresión soez al paso de muchachas.
No solo la playa es
escenario de tales muestras de indisciplina social. Más de una vez
nos han llamado la atención esas discotecas ambulantes —autos
abocinados con elevados decibeles— que en la noche, en cualquier
barrio, quieren que los vecinos desatiendan la película que tanto
quisieron ver o la serie que siguen con fruición y se enrolen a la
cañona en la ola del reguetón más despiadado.
Para las noches
veraniegas se ha realizado un enorme esfuerzo en la programación de
orquestas y grupos en plazas y espacios abiertos, a fin de que la
población acceda a una de sus actividades favoritas. Cuando Cuba
baila, defiende su identidad.
Mas, qué decir de
aquellos que con su desaforado comportamiento identifican el baile
con la violencia. No hace tantos días La Piragua fue escenario de
un hecho lamentable. Mientras Paulito FG y su orquesta ponían fin a
un noble y necesario evento, destinado a estimular la creatividad de
las nuevas agrupaciones bailables, un grupo de vándalos, llegados
de no se sabe dónde, con botellas y latas de cerveza en mano,
adquiridas fuera del área bailable, explayaron su linaje
cavernario.
Justo es señalar cómo
las autoridades de Orden Interior y los organizadores de los eventos
estivales han dedicado máxima prioridad al aseguramiento de las
actividades.
Pero no basta con ello.
La responsabilidad debe ser compartida por todos y cada uno de los
ciudadanos. Las formas cultas del disfrute del tiempo libre, más en
una temporada que se caracteriza por la masiva afluencia a
determinados espacios recreativos, deben ser fomentadas en la más
amplia escala social.
Los excedidos y los
transgresores no pueden tener cabida en la dimensión popular de
nuestra alegría. |