Creer para ver

HÉCTOR ARTURO

Hace ya varias décadas. No tantas como para borrarlo del recuerdo, pero sí muchas para que algunos lo desconozcan por no haberlo vivido y otros se empeñen por conveniencia propia de mercaderes en olvidarlo.

Anualmente, la Liga Contra la Ceguera organizaba una colecta pública para con esos fondos paliar un tanto el sufrimiento de miles de cubanos carentes de visión.

Era una de esas organizaciones sin fines lucrativos, o como suelen llamárseles ahora: no gubernamentales, cuyos voluntarios tocaban a las puertas de los poderosos clamando ayuda económica, que casi nunca obtenían. También recorrían las ciudades y poblados con unas alcancías en las que apenas eran depositados muy pocos de aquellos centavos casi siempre inalcanzables.

Su lema publicitario para esas campañas era realmente conmovedor: "Cierre un momento sus ojos y piense en los que no ven..."

Los gobiernos de turno nada hacían y la catarata, el glaucoma y otras enfermedades causantes de la pérdida de la visión sumían en la más absoluta oscuridad a ancianos, hombres, mujeres y niños carentes de los más mínimos recursos económicos para sufragar una intervención quirúrgica.

Era común la escena del cieguito desandando las calles, con un palo de escoba pintado de blanco y con la punta roja, a veces acompañado de un perro sato como lazarillo, con una latica oxidada en sus manos famélicas, implorando una moneda para poder comer.

En ocasiones una maltrecha guitarra, unas maracas o una armónica les servían a estos infelices para amenizar a los parroquianos que saboreaban una taza de café con leche o un trago de Patricruzao en alguna taberna o a los pasajeros de un ómnibus, para después "pasar el cepillo", apelativo dado al humillante gesto de acercar la latica a sus oyentes, al tiempo de expresarles las suplicantes palabras de "coopere con el artista cubano".

Sí, los ayudábamos a cruzar las calles, a evitar los charcos de agua o de fango, a encontrar alguna dirección, pero nada más, pues también, como ellos, teníamos vacíos los bolsillos. La miseria no daba para malcomer y para recobrar la vista y apreciar el vuelo de las palomas, los colores de las flores, las luces de los anuncios comerciales que inundaban La Habana o la sonrisa de un recién nacido.

La condena de la ceguera era hasta la muerte.

Muchos miles sabían que una operación les podría devolver la alegría de ver nuevamente o de ver por vez primera, y sin embargo, solo estaba a su alcance sufrir, orar o esperar.

De escuelas para ciegos, invidentes o débiles visuales se hablaba solo en las vísperas de los comicios electorales. Si acaso una pequeña escuelita mal dotada en la capital, para tomar algunas fotografías de la Primera Dama y como propaganda electorera.

La realidad narrada llegó a su fin en Cuba a partir del Primero de Enero de 1959. Pero se mantiene inalterable o peor en todas las naciones de Nuestra América y en muchas otras del planeta.

Mucho se habla de los sin techo y los sin tierra. Sin embargo, poco o nada se dice de los sin alimentos, los sin agua, los sin escuelas, los sin medicinas, los sin vacunas, los sin vista o los sin absolutamente nada, que es igual a los sin vida.

Y ocurre que esa misma Cuba de antaño, hoy en presente y futuro, ha hecho posible, a sangre y fuego y contra vientos y mareas, un plan para que millones de hermanos del continente, en el corto período de diez años, vuelvan a disfrutar del importante sentido de la vista.

Ya son 50 000 los venezolanos que han visto por vez primera a sus hijos después de 40 años o que admiran con sus propios ojos lo que está ocurriendo en los cerros de Caracas con la Misión Barrio Adentro y en otros rincones olvidados de la tierra de Bolívar, porque fueron operados gratuitamente en la Patria de Martí.

Cientos de ellos se han alfabetizado mediante el método cubano Yo sí puedo, y continúan estudios hacia nuevas metas alcanzables, gracias a esta Operación Milagro, que forma parte del integrador proyecto del ALBA, nombre de amanecer radiante que ahora sí podrán ver millones de ciegos.

Cuba y Venezuela han demostrado que con muy poco se puede hacer mucho, mientras quienes acusan a estos dos países de desestabilizar a la región mantienen su política de hacer muy poco con mucho.

El ingeniero venezolano Ángel Quintero, con medio siglo de vida, fue el paciente número 50 000 operado en Cuba, donde ya recobró su visión.

Este llanero podrá decirles a los suyos que es necesario creer para ver: creer en los cambios, en el camino nuevo emprendido por los pueblos, en el futuro que ya se construye y en lo urgente de lograr un mundo mejor, no solo posible, sino realizable entre todos e imprescindible para la propia existencia de la humanidad.

Pasarán otras décadas. No tantas como para borrarlo de las mentes ni bastantes para los que quisieran olvidarlo por conveniencia propia de mercaderes. Pero Ángel Quintero y otros millones de hermanos recordarán por siempre la Operación Milagro, extendida ahora a Nuestra América mediante el Compromiso de Sandino.

Ese es el nombre escogido para tan humanitario gesto, el del General nicaragüense de Hombres Libres, quien enfrentó a las tropas invasoras yankis acompañado, entre otros, por su lugarteniente, el venezolano Carlos Aponte, asesinado después en El Morrillo matancero junto al cubano Antonio Guiteras, por los mismos criminales que liquidaron al incansable batallador de Las Segovias y hoy se empeñan en que los ciegos sigan siendo ciegos para que jamás vean las luces del ALBA y no puedan marchar tras las huellas verde olivo de los Comandantes Chávez y Fidel.

 

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