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Dos actores en el set de la calle
ANTONIO PANEQUE
BRIZUELA
Ya
individualmente, tanto por su "promedio acumulado" como por el de la
actual "temporada" de ambos en Al compás del son, Tahimí
Alvariño y Bárbaro Marín marcan suficiente "average" como para
integrar una "selección" escogida por el público. Qué decir si "compiten"
juntos —como pudimos apreciar a este matrimonio en la ciudad de
Bayamo— y apreciamos los valores de su actuación en el más
complicado escenario para el actor: el set de la calle.
Bárbaro y Tahimí en Bayamo. Al fondo, la torre actual de la iglesia donde se interpretó por primera vez el Himno Nacional.
Actriz ella que ha
recorrido la escala dramatúrgica de novelas y aventuras televisivas,
joven acaudalada, mambisa, burguesa, heredera de hidalguías, muchacha
que va del polémico carácter hasta el romance dulzón, dama de
celestes y persuasivos ojos; actor él que discurre entre el oficial
policíaco, el teatral Gato de Andoba, la fílmica Locura
azul de Los Zafiros, hasta este músico de ahora, mulato medio
guapo, medio escandaloso, enamorado y medio, la acogida de ambos es
también un termómetro de cómo ha pegado la novela.
Esa suerte de comunión
con el público, que puede ser como la luz "que ilumina y mata", y que
supone por parte del televidente una predisposición a unificar la
dicotomía artista-personaje o, dicho de otro modo, a creerse que el
artista es el personaje, y para el artista una manera de
evaluarse, de "mirarse" a sí mismo a través de los ojos del
público, constituyó una rica e instructiva experiencia de este
redactor durante una semana de gira y convivencia con ambos artistas
en Bayamo y otras localidades de la provincia Granma.
Claro que, de haber sido Magnolia
(Tahimí) y Alberto (Bárbaro) dos personajes "negativos" de la
telenovela, la experiencia —aunque también útil— hubiera sido
otra, pero como ocurrió lo opuesto, esta vez nutrió nuestro
conocimiento la forma agradable en que ambos actores asumieron ese
papel con el público: la relación llana, el diálogo espontáneo, el
saludo gentil, el intercambio honesto, uno por uno, con cada uno de
los cientos de bayameses que se les acercaban.
La condescendencia con los
niños, las fotos tomadas con ellos y sus padres, las preguntas
maliciosas sobre otros personajes y situaciones de la novela y hasta
los brindis en las plazas y ocasiones festivas, fueron "interpretados"
por ambos con la profesionalidad de una actuación, pero sin la doblez
de ella, acudiendo a sentimientos de personas espiritualmente
saludables.
En una ocasión, un
mestizo de fuerte complexión se dirigió a Tahimí, y le brindó
bebida en un vaso:
—No, gracias, yo solo "bebo"
en la novela...Me confunde con Magnolia —le dijo con una de sus
deslumbrantes sonrisas.
—Esas "gracias" suyas —le
contestó el joven bayamés— me bastan para ser feliz.
Del otro lado —el del
artista—, Taimí y Bárbaro constataron en esos contactos —y así
lo declararon— el respeto de los bayameses, su distancia afectuosa,
su sentido de la medida, educación formal y disciplina.
Durante esa estancia en
una ciudad que veían por primera vez y en sus actuaciones públicas
en galas y espectáculos de distintas plazas, así como al paso por la
iglesia donde se cantó por primera vez el Himno Nacional; o por las
edificaciones donde comenzó el incendio de Bayamo, ambos actores
fueron por unos días un poco bayameses e hicieron también a los
bayameses un poco actores para bailar Al compás del son.
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