|

Chivichanicidio
PEDRO DE LA HOZ
Parecía un ensayo
prometedor, pero terminó siendo un salto al vacío. Chivichana,
la película dejó la impresión de ser una producción
inacabada, en la que los presupuestos artísticos de una de las
sagas humorísticas de mayor pegada en la teleaudiencia nacional
durante los últimos tiempos fueron sacrificados en aras de una
supuesta ambición artística que apenas se entrevió en la
realización.
Para
Ulises Toirac y Gustavo Fernández Larrea, al frente de la nave,
quizá se hizo necesaria esta experiencia y asumir los retos de una
producción que se desmarcara de la rutina de los programas en
estudio.
Se trataba de transitar
del humor verbalizado a base de variaciones sobre un mismo tema, en
el tenor del más puro sketch televisual, al humor de situaciones, a
partir de un guión de más largo aliento; de mostrar al
telespectador lo que no se ve en la corte; de darle un perfil
psicológico más acentuado a los protagonistas y los personajes
secundarios que giran en su entorno.
Pero tras los primeros
minutos de proyección, todas esas intenciones se esfumaron. Fuera
de la corte, los personajes se revelaron como peces fuera del agua,
sin el oxígeno de la viva confrontación de los guiones ajustados
al patrón de la producción seriada.
La fábula, por sí
misma, daba para más. Las tribulaciones paródicas de esa especie
de Fantomas metido en el contrabando de obras de arte y, de paso, la
crítica al comercialismo barato que inunda ciertas zonas del
meroliquismo insular, pudieran haber nutrido una trama dinámica e
hilarante de haber ocupado el centro del guión. Sin embargo, el
guionista, y detrás de él los realizadores, tomaron esos elementos
como meros pretextos para la exhibición tópica de los recursos
histriónicos habituales en el sketch semanal, sin un tratamiento
diferenciado.
Unos cuantos efectos
digitales, la triangulación de la pantalla, los aportes de Charly
Medina a la concreción dramatúrgica de la puesta en pantalla, la
exposición de la periferia solariega, la incorporación de la
exuberante Blanca Rosa Blanco y el rocambolesco Riquimbili, la
sorpresiva aparición de Luis Alberto García, no garantizaron
valores añadidos sustanciales como para levantar el vuelo de una
producción que ni siquiera se puede tomar como la película que
pretendió ser.
Decididamente, me quedo
(y pienso que muchos me acompañen) con las repeticiones de los
sketches los jueves de este verano, en los que descubro motivos para
el disfrute mucho más intensos que los advertidos cuando se
proyectaron por primera vez. Me quedo con el inefable Chivichana que
desbancó con su gracia original la lejana referencia de
Trespatines; con el Juez que garantiza la continuidad del estado de
gracia, con el trío de víctimas cuya ingenuidad raya en el
paroxismo (Alexei Rivera como Amado Fiel del Toro, Aleanis Jáuregui
como Cuquita la Mora, y Baudilio Espinosa como el Profesor Pepe
Rillo), con el secretario que nos ha revelado, más allá de las
casillas de Gustavito, el talento de Geonel Martín; y con el Cabo
Pantera de Ángel Ramiz, ¡qué clase de tipo!
|