De no morirse a reír

ANDRÉS D. ABREU

"El arte de Diago no es arte amurallado en el Museo". Esa frase reza entre las palabras escritas por la historiadora y crítica de arte Lázara Menéndez para el catálogo de la exposición Aquí lo que no hay es que morirse, una muestra que exhibió el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam del 30 de mayo al 25 de junio del 2003. Allí comenzó la historia de un proyecto del artista Roberto Diago que ahora se muestra en su tercera versión en áreas de la Galería Habana, días antes de partir hacia Francia, donde lo acogerá la Fundación Brownstone (a partir del 30 de septiembre).

Foto: RICARDO RODRÍGUEZRecuerdo también cómo en aquella primera vez el sentido instalacionista de esta idea pareció un tanto incoherente para las oportunidades espaciales que brindaba el Centro Lam, aún cuando el carácter de choque en la esencia misma de la obra le permitía una intervención agresiva. Las primeras piezas eran bien duras en su decir y ásperas en su ser, aplastantes en esa descarga política y filosófica destacada por la doctora Menéndez, y como alegato sangrante sobre una "población anónima" que resiste en su derecho a la vida mientras carga con el peso de históricos conflictos de marginalidad y racismo, unidos a una incertidumbre contemporánea y a un mundo que pretende rodar sobre algunos siempre hacia atrás.

Esa gente desplazada y confinada, que, desde fotos y videos, acogió oportunamente el Lam Åaún cuando resultó inexacta la manera de explayar el discursoÅ, tomaron su destino artísticamente itinerante para seguir diciendo desde otras tribunas, y en la VIII Bienal de La Habana se sumaron a la intervención colectiva del solar La California.

Para la segunda vez, el espacio caracterizó la comunicación con signos de naturalidad y expresión propias, las imágenes hablaban de un negro, un mestizo y un blanco que eran protagonistas no solo en la obra de arte sino de la obra por la vida que significaba aquel sitio social urbano. La alusión, por tanto, tomó acentos menos trágicos y lacerantes para acercarse más al drama de esa fiesta negra, capaz de celebrar su libertad interior quiéralo o no el resto de la sociedad. En los adentros de La California, Roberto Diago llevó su denuncia a un tono coloquial que, sin embargo, no dejaba de causar impacto sobre la conciencia de los otros.

Ahora vuelve, y no es por aquello de que a la tercera va la vencida; además, ya está anunciada una cuarta vez. Regresa con su proyecto a otro espacio: una galería comercial cubana de significación nacional e internacional, y Alegría de vivir es el título de esta versión que retoma el rudo contrasentido del objeto para resaltar la precariedad de la vida, de un lado, y la risa como bálsamo antropológico ante el agobio del día a día, del otro. Para esta nueva oportunidad de Diago, es la crítica de arte Elvia Rosa Castro quien ha escrito en el catálogo que "el negro vuelve a ser el sujeto y el objeto de sus obsesiones pero, esta vez, de marginal pasó a centro, de tanto sufrimiento es alegre, de acusado es acusador. No más papeles secundarios: ahora es héroe".

Y luego de esta ascensión habrá que esperar entonces qué sucede cuando este sincretismo de arte povera y nuevos medios se instale en París, en el inmueble número 27 de la calle St. Gilles, próximo a la Plaza de La Bastilla y no muy lejos de la Plaza de la República, en un barrio cercano a Le Marais y también a poblaciones judías. ¿Cómo se leerán entonces estos documentos de juicio artístico sobre una vida cubana que tiene en la Fundación Brownstone un lugar para el intercambio cultural? ¿Se entenderá allí por qué se ríe el negro o seguirán las dudas?

 

 

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