La bendita locura de Teresita Fernández

PEDRO DE LA HOZ

Loca de remate porque dice verdades, o se las cree a pie firme. Loca de atar por sus benditas canciones. Loca de dulce juventud entre los bisoños trovadores que este último sábado la arroparon con sus canciones en la sala teatro del Museo Nacional. Así es Teresita Fernández, matriarca de la juglaresca cubana, una de nuestras imprescindibles.

Foto: ARNALDO SANTOSTere volvió al lugar de uno de sus sueños. Muchos años atrás, con los poetas de El Caimán Barbudo, estuvo allí y en el recital llamado Teresita y nosotros anticipó los fuegos de Wichy el Rojo, de Guillermo y Félix Contreras, de Silvio y Lina y de muchos más.

Ahora abrasa (sí, de abrasar, de calentura) a estos jóvenes trovadores, que se identifican con la séptima cuerda (la poesía) de la guitarra, desenfadados, incipientes, con muchas cosas por decir, y que ya van diciendo.

Advertiría entre los nuevos bardos el humor roquero de Adrián Berazaín, la holgura con que Mauricio Fiyeral transita de la rumba a la canción, y los aires originales y festivos de Pedrito Veritán. Ellos y otros, nosotros mismos, compartimos el atrevimiento de hacer música sin destajo, a cuerpo abierto y con los riesgos del oficio incompleto.

Teresita los entendió, porque de eso se trata: de auspiciar el talento en ciernes, más con lecciones de ética que de música. La maestra ambulante, que se declara con vocación martiana, cantó y habló de la vida, de sus percances personales, del optimismo a toda prueba, de su fidelidad a la Revolución, de su raigalidad patriótica.

Y fuimos a danzar con ella y los versos de la Mistral. Esa Teresita que vestida de negro, envuelta en el humo de un tabaco prieto, radical por sí misma, puede ser el dolor —¿quién no ha sucumbido ante las lágrimas de aserrín de su Muñeca de trapo?— y la fiesta.

 

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