Asalto a la esperanza

ORFILIO PELÁEZ

Más allá de los graves problemas económicos y sociales denunciados por Fidel en 1953 en su trascendental alegato La Historia me Absolverá, esa pieza jurídica es considerada con toda razón el primer documento doctrinal de la política de salud de la Revolución cubana.

Nuestros médicos han llegado a los más apartados sitios del planeta.

En apenas unos pocos párrafos el joven abogado resumía así durante el juicio por el asalto al cuartel Moncada, el drama de la familia campesina en tan crucial tema: El 90% de los niños del campo está devorado por los parásitos que se les filtran desde la tierra por las uñas de los pies descalzos... La sociedad se conmueve ante la noticia del secuestro o el asesinato de una criatura, pero permanece criminalmente indiferente ante el asesinato en masa que se comete con tantos miles y miles de niños que mueren todos los años por falta de recursos.

También señalaba : Y cuando un padre de familia trabaja cuatro meses al año, con qué puede comprar las ropas y medicinas a sus hijos ... Crecerán raquíticos, a los treinta años no tendrán una pieza sana en la boca, habrán oído diez millones de discursos y morirán al fin de miseria y decepción.

Encuestas posteriores realizadas por instituciones nada simpatizantes de las ideas revolucionarias, avalarían lo expuesto por Fidel en su magistral defensa. A finales de los años cincuenta, la mayoría de las viviendas rurales tenían techo de guano y piso de tierra, disponían solamente de una o dos piezas, en las que se hacinaba una numerosa familia, y más de la mitad de los bohíos carecía de inodoro o letrina.

La desnutrición, el parasitismo y la gastroenteritis eran verdaderos azotes, sobre todo entre la población infantil. También había mucho paludismo, tétanos y fiebre tifoidea; no existía la atención a la mujer embarazada y la casi totalidad de los nacimientos ocurrían en las propias viviendas, sin las condiciones sanitarias apropiadas.

Se dice que para una población estimada en 144 000 habitantes en la Sierra Maestra, nadie tenía garantizada la asistencia de un médico, salvo casos muy excepcionales. Algo similar pasaba en la Ciénaga de Zapata, y en los macizos montañosos del centro y del occidente del país.

REBELDES CON BATA BLANCA

Después del desembarco del Granma y durante el posterior desarrollo de la lucha en la Sierra Maestra, se produce un hecho extraordinario cuando el Ejército Rebelde organiza la sanidad militar en los territorios liberados.

Al comprender en toda su magnitud la tragedia sanitaria del campesinado cubano, las fuerzas revolucionarias crean los primeros servicios de atención médica a la población civil en los propios escenarios donde se libraban los combates, compartiendo los escasos medicamentos y otros recursos que originalmente estaban destinados a las tropas.

Junto con su principal misión de auxiliar a los compañeros heridos, los médicos guerrilleros velaban también por la salud de los campesinos, y dentro de las limitadas posibilidades de aquel complejo escenario, trataban de aliviar el dolor de la miseria y la desnutrición reflejado en los rostros anémicos de aquellas personas que hasta entonces habían estado completamente marginadas de los servicios médicos.

Incluso fueron creados varios hospitales como los de La Plata, Las Vegas, Pozo Azul y el de Las Peñas, que a partir de determinados momentos de la lucha insurreccional atendieron casi exclusivamente a los campesinos.

Las aspiraciones del Programa del Moncada comenzaban a hacerse realidad con el ejemplo de los médicos rebeldes, aun meses antes del triunfo revolucionario del Primero de Enero de 1959.

DERECHO CONQUISTADO

Poner fin al desamparo de las grandes masas campesinas en materia de salud constituyó un asunto de máxima prioridad para la Revolución desde los primeros momentos.

Armados de sueños y con apenas tres meses de graduados, en marzo de 1960 partieron hacia las zonas más inhóspitas del oriente cubano el primer grupo de 357 médicos incorporados al naciente Servicio Médico Rural, creado por la Ley número 723, del 22 de enero de 1960.

El acceso universal y gratuito a la salud pública, incluidas las medicinas, llegó de manera masiva por primera vez a las montañas. Si bien en un principio tuvieron que habilitarse las más disímiles instalaciones como puntos de consulta (muchos de aquellos médicos vieron a sus primeros pacientes en una bodega), poco a poco se acondicionaron casas y otras edificaciones, y luego comenzó la construcción de hospitales rurales y puestos sanitarios.

Cuatro años después, en 1964, la extensión de la asistencia médica y estomatológica a las áreas rurales más apartadas e inaccesibles del país, estaba respaldada por el funcionamiento de 43 hospitales rurales y más de 120 dispensarios; los programas para eliminar la alta incidencia del parasitismo intestinal y reducir al mínimo la mortalidad infantil por enfermedades diarreicas, rendían significativos frutos. Las campañas de vacunación masiva contra la poliomielitis y el tétanos constituían sucesos sin precedentes en aquellos parajes.

La vida en el campo había dado un vuelco total. Como testimonio del oscuro pasado quedarían en las lomas de la Sierra Maestra pequeños cementerios situados muy próximos a la costa, donde los campesinos enterraban a sus seres queridos que morían de alguna enfermedad, luego de infructuosos intentos por encontrar algún medio de transporte para sacarlos del lugar en busca de asistencia médica.

El compromiso asumido en el Programa del Moncada con los desposeídos en materia de salud, estaba cumplido.

Sin embargo, lo hecho a lo largo de más de 40 años, y en particular el actual proceso de profundas transformaciones emprendidas en este sector para garantizar a todo nuestro pueblo servicios médicos de primer nivel, supera con creces los sueños más audaces de quienes mediante la gloriosa acción armada del 26 de julio de 1953 cambiaron los destinos de Cuba.

NUEVO HITO EN LA SALUD

La historia de la salud pública en el país tendría en enero de 1984 uno de sus momentos más trascendentales, al iniciarse en esa fecha con carácter experimental en la barriada capitalina de Lawton el programa del Médico y la Enfermera de la Familia, devenido eslabón fundamental del sistema sanitario cubano.

Como bien afirmó hace unos años el doctor José Ramón Balaguer Cabrera, miembro del Buró Político del Partido y actual titular del MINSAP, dicho programa, idea profundamente revolucionaria de Fidel para brindar la atención primaria con el máximo de integralidad, se concibió y se desarrolla pensando en el pueblo, en la salud del pueblo, en mantenerla, preservarla y elevar al máximo sus perspectivas de vida.

En un lapso histórico breve, este sistema se multiplicó a una velocidad extraordinaria y ya en el año 2000 había más de 30 000 médicos y 32 000 enfermeras de familia, que daban cobertura al 98% de la población.

Cientos de consultorios ubicados en las zonas montañosas de nuestro archipiélago brindan seguridad y confianza a los pobladores de las serranías. Para las nuevas generaciones de cubanos eso forma parte de la cotidianidad, pero no por ello deja de ser significativo que difícilmente en otro lugar del mundo tan apartado como las montañas de Guantánamo sus pobladores dispongan de tantos galenos.

Al margen de los señalamientos críticos que puedan hacerse por actitudes de algunos médicos y enfermeras incumplidores de su sagrado deber, ni el más obcecado adversario podría negar que detrás de los buenos indicadores de salud exhibidos hoy por Cuba, está presente el quehacer abnegado de este ejército de batas blancas, no solo en el aspecto asistencial, sino también en la prevención de enfermedades mediante acciones de promoción, y su decisiva influencia en el cambio de estilos de vida.

Ejemplo irrebatible de los notables avances en materia de salud lo es la tasa de mortalidad infantil de 5,8 por cada mil nacidos vivos, registrada por el país al cierre del 2004, lo cual sitúa a Cuba entre los 36 países del mundo que poseen las cifras más bajas en ese aspecto.

Tan indiscutible resultado es fruto directo de la voluntad política del Estado socialista, que no escatima recursos para garantizar los mejores cuidados a la madre y al niño en una nación bloqueada y asediada por el imperio yanki hace más de 40 años.

MISIONEROS DEL BIEN

Consecuentes con lo planteado por Fidel en La Historia me Absolverá hace más de medio siglo, cuando dijo que "la política cubana en América sería de estrecha solidaridad", los médicos, enfermeras y técnicos de la Salud, han desandado buena parte de la geografía mundial para dejar su huella humanitaria en los lugares más intrincados.

La historia de esa epopeya nació en 1963, cuando viajó hacia Argelia la primera brigada médica cubana compuesta por 58 profesionales y técnicos. Desde entonces, el altruismo y la solidaridad de los galenos de la Mayor de las Antillas se ofrece, y las más de las veces llega, a cuanto país sufra un devastador sismo (recordar los casos de Perú y Nicaragua), lluvias torrenciales, huracanes, epidemias como el dengue, igual que la colaboración para abrir facultades de Medicina, preparar personal técnico, o brindar asistencia en lugares donde no hay o son muy escasos los médicos.

Hasta el año 2003 más de 52 000 profesionales y técnicos cubanos de la Salud llevaron su ayuda generosa a más de 90 naciones.

En los últimos años, dicha colaboración adquirió mayor amplitud con la ejecución del Programa Integral de Salud en alrededor de quince países de Centro y Sudamérica, el Caribe y África, y de otras modalidades dirigidas tanto al ofrecimiento de servicios asistenciales y preventivos como a la formación de recursos humanos.

En ese esfuerzo internacionalista se inscriben la Misión Barrio Adentro, que ha llevado exitosamente la asistencia médica gratuita a los más humildes en Venezuela, y la Operación Milagro, que ha devuelto la visión a miles en ese país y según lo previsto, como parte de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), se extenderá en breve a otras naciones latinoamericanas.

La creación en 1999 de la Escuela Latinoamericana de Medicina marcó otro gesto solidario sin precedentes, al facilitar que miles de jóvenes de bajos recursos de nuestra región estudien esta carrera en Cuba para luego poner los conocimientos adquiridos al servicio del bienestar de sus respectivos pueblos.

Hoy, cuando en el mundo tratan de imponerse el egoísmo y el individualismo, nuestros trabajadores de la Salud contribuyen a salvar vidas, a curar enfermedades y a evitar que mueran niños, convirtiéndose así en ejemplos vivos del internacionalismo humano y solidario de la Revolución, y en hacedores de una sociedad más justa, donde la salud es una de las conquistas más preciadas.

 

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