Buendía, virtuosismo a los veinte

AMADO DEL PINO

"En el verano del 85, Teatro Buendía abrió sus puertas con una versión —realizada por jóvenes egresados del ISA— de Lila, la mariposa, la obra de Rolando Ferrer. Veinte años después, queremos celebrar, rendir homenaje a los maestros de la escena que nos precedieron, jugar de nuevo con nuestros referentes y lecturas, citar y reciclar las máscaras y los espejismos, pero hacerlo una vez más desde la rebeldía y la paradoja, las huellas y contradicciones de nuestro tiempo inscritas orgánicamente en la memoria del cuerpo y el alma que se arriesgan". Nadie mejor que la ensayista y dramaturga Raquel Carrió para dar testimonio de un proceso de dos décadas que tiene en la consagrada actriz y directora Flora Lauten y en ella misma a sus dos principales protagonistas y salvaguardas. Ahora Raquel ha reescrito, reinterpretado —que como diría aquel personaje lorquiano, "de ambas formas puede y debe decirse"— una obra clásica de la segunda mitad del siglo XX.

A partir de que Peter Weiss (1916-1982) diera a conocer en 1964 Persecución y asesinato de Jean Paul Marat, representado por el grupo teatral del hospicio de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade, el título se ha convertido en uno de los paradigmas de la flexibilidad escénica que arranca con las vanguardias históricas y se ha asociado a búsquedas en las que predominan el contraste, la agudeza y la desacralización. En la remozada sede de Loma y 39, Lauten y Carrió retoman las claves de Weiss y, sin forzar circunstancias o abusar de intertextos coyunturalmente oportunos, logran dialogar con el espectador cubano sobre temas tan decisivos como el concepto de libertad personal, la utopía, el lugar del arte, la relatividad de los procesos históricos o la diversidad de las pasiones humanas.

Muy pocas veces en nuestra vida teatral asistimos a un espectáculo de la riqueza visual, sonora y sensorial que despliega Charenton. Aquí la abundancia que suele caracterizar al poderoso artista Rolando Estévez se equilibra objeto por objeto con la indagación en los conceptos o el juego con las situaciones. Se impone la maestría en el color, el perfeccionista sentido de la distribución de los espacios. Flora, a la manera de espectáculos anteriores, se erige como artífice de la variedad y profundidad de las composiciones escénicas. Para la consumación de ese logro mucho influye el también virtuoso diseño de luces y de vestuario, a cargo de Carlos Repilado, y la eficaz mezcla entre banda sonora y formidable música en vivo, firmada por Héctor Agüero y Jomary Hechavarría.

El desempeño actoral se enturbia levemente por la propensión a los gritos. No se trata de exabruptos del elenco o de la algarabía improvisada, sino que pediría a un espectáculo de tan alto nivel una mayor gradación de la sonoridad a partir de las palabras. Las voces altas a destiempo compiten y restan eficacia a los énfasis con sentido dramático. Más allá de esta observación, se ratifica el exquisito y orgánico entrenamiento de Buendía y se aprecian actuaciones relevantes. Alejandro Alfonzo borda un marqués de Sade en afortunado equilibrio entre la veracidad y la caricatura. Tal vez hubiese sido aún más completa su labor si al despojarse de las ropas del marqués se adentrara en una pauta más natural, desnuda de artificio. Preciso resulta este contraste máscara-rostro en Sandor Menéndez, quien además —como el veterano Carlos Cruz y la siempre impactante Sandra Lorenzo— mucho contribuye con su alta vitalidad al ritmo general del montaje. Ivanessa Cabrera sobresale en un conjunto de acopladas voces, sobre todo manejadas con sabiduría dramática. La actriz comparte una interesante pareja con Leandro Sen que demuestra aquí capacidad para transmitir pasiones e ideas, aunque pudo buscar mayor variedad en el decir. El inteligente empleo de lo paródico y lo carnavalesco nos coloca ante la envidiable coincidencia de la hondura conceptual y la fiesta de los sentidos.

 

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