Camino del fuego

Un bombero avileño que posee la Medalla Al Valor habla de su singular combate contra el terrorismo

ORTELIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ

CIEGO DE ÁVILA.—Arturo Castañeda López pudo no ser bombero. Casi muere y, 35 años después de la primera vez, es un fiel convencido de que quien juega con fuego se quema.

Foto: JOSÉ DE LA ROSAArturo imparte sus conocimientos a las nuevas generaciones de bomberos.

Con la mano cerca del corazón y la mente lúcida, como recordando que los medios de protección no deben olvidarse, rememora aquella mañana de 1978, cuando la vista comenzó a nublársele y la vida se le iba.

El incendio al círculo infantil Le Van Than, uno de los actos terroristas más cruentos perpetrados por los enemigos de la Revolución.

Su pensamiento siempre está en el oficio que aprendió desde muy joven y en las vicisitudes que deben enfrentar quienes se dedican a extinguir estos siniestros.

El incendio, el primero en que participaba, no era muy intenso, pero un principiante siempre siente respeto por las llamas.

Las lengüetas se empinaban hacia el cielo y entró al inmueble como un bólido. Se sentía bien y recibía el oxígeno directamente del agua que salía de la manguera. De pronto el líquido comenzó a perder presión y el chorro se le acercaba cada vez más a los pies.

¿Qué hago? —se dijo, y decidió salir y reponerse. Volvió a entrar para rescatar la caja fuerte con el pago de los trabajadores, mas no pudo y cayó de bruces.

Estuve asfixiado como 15 días, sin conocimiento. Me diagnosticaron tres heridas cardiacas por inhalación excesiva de humo...

LAS LLAMAS DEL TERROR

Yo estaba de refuerzo en Ciudad de La Habana, recuerda, en el Comando de la calle Corrales, cerca de la Terminal de Trenes. El día del incendio del círculo infantil Le Van Than, el 23 de mayo de 1980, nos dieron la alarma como a las 9 de la mañana.

Fui de los últimos en llegar, en el carro-bomba, que se instala a los hidratantes o fuentes abastecedoras. En verdad, agrega, quise salir entre los primeros, pero a mí me cuidaban por el problema del corazón. Sentía que mi deber estaba junto a mis compañeros. Además, cientos de niños indefensos tenían sus vidas en peligro.

Casi le exigí al entonces capitán Orlando Quintana y tampoco me permitió salir en el segundo carro. Fue cuando le dije: "Si no voy, me retiraré de la profesión de bombero y usted será el culpable". Al final, accedió.

El fuego había comenzado por el teatro, en la planta baja. Estaba en vías de propagación. Los acondicionadores de aire repartían el humo a los 10 pisos. Los niños corrían el riesgo de asfixiarse. La imagen del edificio era deprimente y la evacuación tenía que ser por fuera, pues al interrumpirse el suministro de electricidad, los ascensores quedaron inutilizados.

En un momento se vio en el piso 10. Allí aguardaban 22 pequeños del tercer año de vida. Unos reían, otros lloraban ante la presencia del desconocido; todos, indefensos, estaban en peligro y eran víctimas de un acto de terrorismo.

Explica que le pidió sábanas a la seño y empató 16, mientras tomaba una para juntar a los niños en grupos. Así bajamos a los 22. Alumnos de una secundaria cercana al Le Van Than los recibían abajo y los ponían sobre el césped. Así evacuamos a los 578 pequeños y a los 178 trabajadores, sin accidentes. Como a las dos de la tarde, habíamos controlado el fuego.

En los casi dos años que permaneció en Ciudad de La Habana, Arturo también participó en la extinción de los incendios de las papeleras de Infanta y de La Lisa; también en el de la fábrica de ron Ronda, este último uno de los mayores que ha visto.

Es un hombre humilde que desde una profesión como la suya, igual que muchos otros cubanos, luchó en defensa del pueblo contra el terrorismo promovido por el Gobierno de los Estados Unidos, la Agencia Central de Inteligencia y la mafia cubano americana. Hablo de un bombero de Ciego de Ávila a quien le brilla en el pecho la Medalla Al Valor, que concede el Consejo de Estado. Para él, esas razones son más que suficientes para no abandonar jamás el enfrentamiento al fuego.

 

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