Actualizar el rito

AMADO DEL PINO

Eugeneo Hernández Espinosa (1936), Premio Nacional de Teatro, es de nuestros importantes dramaturgos el que ha abordado más frecuentemente el monólogo. Obras como Emelina Cundiamor y Lagarto Pisabonito dan fe de la gracia, el rigor y la pasión con que Eugenio ha trabajado los textos para el actor en solitario. Oyá Ayawá es uno de los títulos menos conocidos del ciclo de estas piezas. Centrada en una de las orishas o diosas fundamentales del panteón afrocubano, la obra yuxtapone brillantemente lo ritual con lo humano; la trascendencia aliada a la inmediatez. Para la puesta en escena, que acaba de subir a las tablas de la sala Llauradó, el consagrado actor y director Pancho García acentuó el costado terrenal de esas disyuntivas, pero lo hizo con ejemplar cuidado y logrando la magia de que los textos o referencias agregadas posean un espíritu similar al espléndido verbo, la fecunda imaginación de Hernández Espinosa.

La protagonista, según esta nueva visión, es una mujer que no se conforma con su éxito laboral y se impacienta, al pedirle a los dioses que le den posibilidades que ella misma debe, o bien obtener, o conformarse con prescindir de tanta vanidad y sed de poderío. La formidable actriz Micheline Calvert consigue dar toda esa amplia gama de matices que van desde el arrebato sincero de fe, hasta el casi grotesco oportunismo revestido de magia. De la forma sutil, consustancial al arte, Pancho acentúa la poesía de los orishas, la belleza pagana del ritual, pero pone el dedo sobre llagas sangrantes como la doble moral y el oportunismo, fantasmas, que muchas veces se esconden detrás de valores religiosos. Hay un juego perenne entre la apariencia burocrática del personaje y su identificación —a ratos orgánica, por momentos contradictoria— con la deidad a la que se ha consagrado.

Con el apoyo de una banda sonora correcta, aunque previsible a ratos, de una escenografía —firmada por García y Pedro Alexis Avilés— que alcanza belleza y eficacia, a pesar de que hubiese preferido menos objetos sobre las tablas; Micheline ratifica su virtuosismo, a la vez que se evidencia que estamos ante la firme mano de un director que conduce a la intérprete y consigue hermosas imágenes. El trabajo con los diversos registros vocales se torna impecable, límpida la cadena de acciones. Estremecedor resulta el momento —hacia la mitad del espectáculo— en que el personaje se despoja de las tensiones y aspiraciones que llenan sus plegarias y se deja ver —como un susurro trémulo— la poesía de la Oyá poderosa y legendaria; atormentada y valerosa.

 

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