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El Generalísismo fue un padre amado
A propósito del Día
de los Padres, el máster en Ciencias Históricas Antonio Álvarez
Pitaluga indaga en la poca publicitada vida familiar de Máximo
Gómez
IRAIDA CALZADILLA
RODRÍGUEZ
Es
muy difícil ahora imaginarnos a un Máximo Gómez llevando a sus
hijos a la escuela en la mañana, recibiendo una citación para una
reunión de padres o recogiendo en el fin de curso el certificado de
notas de sus pequeños. Pero esos documentos existen y es una
belleza en la vida de un hombre que en la medida que piensa en
Patria, lo hace también en familia y en los hijos.
Sin charreteras, sombrero, machete, botines, simplemente en casa, así nos acerca a Gómez el historiador Antonio Álvarez Pitaluga.
Hay un Gómez que en el
período de tregua juega en el piso con Itica, la última de las
hijas llamadas Margarita (habrá que perpetuar el nombre hasta que
sobreviva), niña a quien Panchito le disputa el amor filial; un
Gómez que prepara todos los días un catecismo a los hijos, en el
que habrá mucho de su experiencia personal; un Gómez que educa a
la prole en la lectura de buenos libros; un Gómez que con Laíto
toma cerveza en un bar de Honduras y habla de problemas cotidianos,
incluso hasta del atractivo que ejerce el joven en ciertas muchachas
del lugar donde vive.
Así nos llega el hombre
de toda la Guerra de los Diez Años, el militar que dirigió la
Invasión de 1895: sin charreteras, sin sombrero, sin machete, sin
botines. Simplemente en casa.
Eso cuenta el máster en
Ciencias Históricas Antonio Álvarez Pitaluga, profesor de la
Facultad de Filosofía, Historia y Sociología de la Universidad de
La Habana, quien desde los tiempos de estudiante atesora datos que
finalmente verán la luz el próximo año en un hermoso texto que
llama La familia de Máximo Gómez (Editora Política).
Asevera que la figura de
Gómez no ha sido suficientemente reflejada por la historiografía y
que los investigadores han vetado a El Viejo la posibilidad de
estudiarlo como un hombre común, capaz de reír, de llorar, de
enojarse con sus hijos y la familia, y de tener ciertos placeres
corrientes. Sin embargo, "fue un hombre que tuvo la capacidad de
amar en el transcurso de la vida y, a la par de ser héroe,
combatiente y revolucionario, fue también padre y hombre como
cualquier otro".
En total tuvo 16 hijos,
hasta donde puede probarse documentalmente. Ignacia y Laíto Gómez,
y Francisco González le llegaron muy joven, fuera de matrimonio, en
República Dominicana. En Cuba, con Bernarda Toro en una unión
matrimonial que se consagró a lo largo de 35 años, vinieron 11; y
en la década de los ochenta, le nacieron Antonio Romero y María
Teresa Tavel.
"Es
un hombre que educa a sus hijos como lo hicieron con él, y era en
la época: una formación autodidacta donde la primera instrucción
que se recibía, la de aprender a leer y escribir, la de conocer la
Cartilla, corre por la familia que tiene una función educativa y da
preponderancia a los valores apegados a la moral.
"Para
Gómez los valores esenciales son el espiritual y el de la humildad.
De ahí una familia que en gran pobreza material, es de una inmensa
riqueza espiritual, y esta se convierte en el signo con el que guía
su vida".
Sin embargo es una
familia, un padre, una esposa, que sufren por la pérdida de cinco
hijos. Los primeros Margarita y Andresito murieron de inanición
durante la Guerra Grande, en medio de las asperezas de la manigua;
los segundos también Margarita y Andrés, fallecen en la tregua
fecunda, por problemas de salud; y el segundo Francisco, el Panchito
que prefiere caer al lado de su general, Antonio Maceo, en la
bravura del combate de San Pedro. Y a pesar de ello, Gómez no
renuncia, no deja de hacer revolución, no se desprende de sus
ideales y, a costa precisamente de ser y saberse un jefe
imprescindible, no pide un centavo.
Sobrevivirá a toda
penuria el resto. "Pero ese padre no funciona sin una madre
ejemplar. Manana tendrá su terreno de dominio en el hogar, mientras
Gómez lo encontrará en los campos de batalla. Es un complemento
que permite darse la mano en la educación de los hijos, y tan buena
fue esta, que una vez fallecidos ambos, los vástagos fueron
consecuentes en su veneración y en no traicionar sus principios".
Y el historiador afirma
que casi todos murieron en Cuba después de 1959 por razones que
pudieron ser diversas, "pero que les llevó a echar el resto aquí,
excepto Clemencia, quien falleció en 1921, y el tercer Andrés,
desaparecido en viaje de negocios a Alemania, y como en toda novela
nunca se supo de él".
De los que tuvieron
larga vida cita a la tercera Margarita, fundadora de las Milicias
Nacionales Revolucionarias, de la Federación de Mujeres Cubanas y
los Comités de Defensa de la Revolución, al frente de la
Vigilancia en su organización de base en el reparto capitalino de
Fontanar.
"Gómez
se preocupó muchísimo por sus hijos. Existen cartas donde le
expresa a su esposa la preocupación que siente por no ser capaz de
desarrollar un buen papel, de no cumplir cabalmente con la
dirección de la independencia de Cuba, en tanto necesita de la
opinión de sus hijos. Esto quiere decir que la polea educativa de
los padres a los hijos, en el caso del Generalísimo funciona al
revés: la descendencia influye en la obra del padre y lo pone en el
compromiso del ejemplo personal que les va a legar", añade Álvarez
Pitaluga.
Hay una anécdota que
retrata en cuerpo y alma al líder indiscutible: en medio de la
Campaña de La Reforma, y cuando ya han muerto José Martí y
Antonio Maceo, él está al corriente del matrimonio de su hijo
Maxito. "Se preocupa constantemente por la familia, una familia que
para la generación del 68 y del 95 será un símbolo del
independentismo". Y otra: cuando regresa a Cuba en 1899, tiene una
vida hogareña y es habitual que en casa se siente con los suyos los
domingos, comparta sus vidas y asista a los bautizos de los nietos.
De entre sus hijos,
Álvarez Pitaluga resalta su vínculo estrechísimo con Fernando
Urbano, quien condiciona su vida al padre y está a su lado siempre,
en relación muy bella, cual lazarillo. "Panchito es el que llega
más alto en el plano político porque muere en los campos de San
Pedro, pero los demás, desde sus propias edades y lugares donde
estén, hacen proselitismo, revolución. Hay que borrar el mito
historiográfico de que la familia son tres individuos —Gómez,
Manana y Panchito—. Los hijos de ambos son 11, más otros
parientes que entran y salen, y todos comparten un mismo hogar e
igual ideario".
"Pienso
que Gómez es un ejemplo de padre por varias razones, entre las
primeras, porque, a pesar de la pobreza, de la humildad en que
vivieron todos, nunca educó a los hijos en el trueque de valores
materiales a costa del prestigio personal. Nunca lo hizo y
prefería, parafraseándolo, andar con los fondillos rotos que pedir
dinero".
Para Álvarez Pitaluga
una frase de Silvio Rodríguez puede definir a este hombre amado por
sus hijos: "Yo me muero como viví". |