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Saramago en Casa de las Américas
El mayor privilegio del ser
humano es pensar
Pedro
de la Hoz
El
ejercicio de pensar como el mayor privilegio de los seres humanos
fue reivindicado este viernes por el escritor portugués José Saramago, en
un cálido y fluido encuentro que sostuvo con más de un centenar de
intelectuales cubanos en Casa de las Américas.
En plan de
improvisación oral —"solo cuando subí por esas escaleras, supe
el tema que iba a compartir con ustedes"—, mas no fortuito, el
Premio Nobel discurrió sobre el papel del ser humano concreto y el
sentido de cada existencia humana.
Saramago sigue con fruición la
lectura de un fragmento de
Memorial del convento por su
entrañable compañera, Pilar.
Podría haber parecido
demasiado abstracto el contenido de la charla, pero no lo fue.
Saramago puso por delante sus 82 años de edad, su experiencia
vital, los fragores y humores de su propia reflexión, para explicar
por qué sustenta que "pensar es un placer".
Y es que para sí "el
privilegio del ser humano, dotado de memoria, instrumentos
analíticos, un cerebro que funciona y que le permite discernir,
discutir, analizar, es lo que puede darle sentido a la vida de cada
uno de nosotros y resolver los problemas que impiden a millones de
otros seres humanos pensar y vivir".
Esta idea, según su
propia apreciación, ha estado presente en su producción literaria
a partir de Ensayo sobre la ceguera, y en El hombre
duplicado, La caverna, Ensayo sobre la lucidez y la más reciente novela, de
pronta publicación, Las intermitencias de la muerte.
Antes, hasta El
Evangelio según Jesucristo, su narrativa veía las cosas "con un
gran angular", para decirlo en términos de fotografía. Luego
cambió a "un pequeño angular, apuntando al corazón del ser humano".
Desde el público,
alguien le recordó que sus novelas también son buenas historias de
amor. "Si supieras —aclaró el narrador— que nunca me lo he
propuesto".
Entonces Pilar del Río,
su entrañable compañera, quiso dar testimonio de cómo, a
contrapelo de la voluntad del escritor, el amor irradia su prosa. Y
le dio voz a las páginas finales de la traducción española de
Memorial del convento, con tanta convicción que a los lectores
cubanos no les quedará otro remedio que aguardar por la edición
cubana de la novela para tocar a fondo en los sentimientos de
Baltasar y Blimunda, dos de los tantos personajes inolvidables que
se deben a la plena cosecha de Saramago.
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