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Orfeón Santiago
mirando al Sur
Pedro
de la Hoz
Como
una brújula siempre bien orientada, el canto del Orfeón Santiago
sabe donde pone su mirada. Lo acaba de confirmar el concierto que
este último fin de semana ofreció en el Ateneo Cultural Bravo
Correoso, recinto cálido y a la vez majestuoso que se yergue en una
de esas intrépidas calles de la topografía de Santiago de Cuba,
dedicado a los cuatro siglos de El Quijote, al poeta húngaro
Attila Joszef en el centenario de su nacimiento, y a la omnipresente
Violeta Parra.
Electo Silva.
Electo Silva, ese duende
coral con vocación de demiurgo, seleccionó un repertorio a prueba
del corazón: desde la entrada de los cantores a la sala, entonando
un himno quechua a la Virgen, muestra de temprana transculturación
en el siglo XVI americano, hasta los arreglos de las inolvidables
canciones de la Violeta, la agrupación siguió el hilo fecundo de
la integración cultural, de entender el oficio vocal como
instrumento para abrir nuevos horizontes espirituales a la
comunidad.
Hablamos de un director
que no solo conoce el terreno que pisa, sino el fértil territorio
que propicia al escucha. De tal manera se puede entender la
relación entre los textos cervantinos musicalizados por el español
Rodolfo Hallfter y las versiones que el propio Electo, conmovido
ante la calidad poética y humana de los versos, concibió de los
poemas de Joszef, el bardo húngaro que supo aunar militancia
política y altura escritural y a quien no debemos olvidar.
El concierto del Orfeón
Santiago, por su contenido y defensa, puede figurar en las
propuestas de los más exigentes programas musicales de los países
que blasonan de una actividad coral consistente. Es más, estoy
seguro de que en esas plazas será extraño encontrar una propuesta
de tal magnitud. Es hora, pues, de que miremos, junto a Electo y sus
cantores, a la espiga del Sur, la que nos pertenece por derecho
propio.
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