Roppongi en el preámbulo de CUBADISCO 2005

Noche transfigurada

PEDRO DE LA HOZ

Cuando el alma es humilde y generosa, el canto se ennoblece. Por ello el Réquiem entonado por las 70 voces con que el coro masculino japonés Roppongi viajó a La Habana para anticipar las inminentes jornadas de Cubadisco 2005 —más que merecido el Premio de Honor del evento—, dejó una huella que debe ser perdurable en la memoria del público cubano, sensible ante la entrega de estos cantores por amor al arte, y el arte impregnado de auténtico humanismo que se desprende de la obra de Shigeaki Saegusa.

De aliento vívidamente pucciniano, el recorrido de Saegusa por las estancias de la muerte, paradójicamente inspiran la paz y el sosiego en el reino de este mundo. Las partes vocales revelan un profundo conocimiento de la lírica occidental, enaltecido, en el caso de los solistas, por la presencia de la soprano Michie Nakamaru, de intensidad muy precisa y dinámica perfecta, y el tenor Tatsuya Higuchi, de calibrada colocación, apenas sin vibrato.

La noche se transfiguró en aura mágica cuando en la segunda parte del concierto se escuchó el Concierto para tambores, del propio Saegusa, partitura que resume, con admirable síntesis en el tratamiento orquestal, la confluencia de la tradición vernácula con la europea. Un auditorio sobrecogido recibió primero el impacto de la imprecación característica del Teatro Noh, en la voz telúrica del maestro Shonosuke Okura, quien ejecuta el tambor pequeño con la carga de una mística ancestral. Luego, en acto ritual, Ichiro Jishoya ejecuta en lo alto el gran tambor taiko, y todos se sorprenden ante un acto prodigioso que comprende, a la vez, un elevado grado de virtuosismo y un soberbio abanico polirrítmico. Todo ello sazonado por las intervenciones minimal pero magistrales de Akinori Inaba en el hichiriki (pequeño oboe de madera) y una orquestación de primera.

A nadie escapó el extraordinario desempeño del director Naoto Otomo. Su manejo de la Orquesta Sinfónica Nacional —organismo que ofreció una altísima respuesta sonora— evidenció la real dimensión artística de su elevado rango.

 

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