|
Ahora también la
Casa del jazz
PEDRO DE LA HOZ
Entre
las muchas y buenas cosas que pasan en Casa de las Américas, una
más se hizo notar esta semana: ahora es también la Casa del jazz,
por obra y gracia de la iniciativa de las musicólogas María Elena
Vinueza, Neris González Bello y Liliana González capaces de
movilizar a una legión de jazzistas de varias generaciones,
repletar de habituales y neófitos la sala Che Guevara y rendir
tributo a la memoria de ese cronopio amigo de la institución,
jazzófilo empedernido y nunca olvidado escritor, Julio Cortázar.
Hubo muy atendibles
señales de renovación en el panorama cubano del género a partir
de las presentaciones del pianista Rolando Luna, imaginativo y
virtuoso; la vibrafonista Tamara Castañeda, a la que se observa con
muy buen encaje al integrarse al piano de Alejandro Vargas y la base
que aportan el bajista Iván Pavón y el baterista Ernesto Delgado;
del proyecto Trompetas en el Jazz, que reúne los estilos
complementarios de Julito Padrón, Alexander Brown, Yasek Manzano,
Mayquel González y Carlos Sarduy; del dúo Angelisa, que se
esfuerza por hallar una ruta vocal a la altura de sus
potencialidades y sumó a Pancho Amat en su entrega; de Neisy
Wilson, una cantante que, si se lo propone, puede perfilarse con
estatura propia; y del grupo Temperamento, con un Roberto Fonseca
francamente desbordado en sus posibilidades y un Javier Zalba que le
extrae al saxofón profundos significados.
Los maestros hicieron lo
suyo: Bobby Carcassés en el territorio del más exigente scat, con
un Summer time de leyenda; mientras el contrabajista Jorge
Reyes, el pianista Emilio Morales, el baterista Ramsés Rodríguez
(no está con Chucho en la gira europea), el percusionista Yordanis
Durán, el guitarrista Jorge Luis Chicoy y los trompetistas Padrón
y Brewn, bajo la fórmula guilleniana de todo mezclado,
develaron la más depurada esencia del jazz afrocubano en los
clásicos Manteca, de Chano Pozo, y Take the A Train,
de Duke Ellington.
Pero la mayor sorpresa
fue escuchar a Orlando Sánchez (Cubayá). En el saxo no es segundo
de nadie, pero en el piano, con sus composiciones, se revela
portador de desplazamientos armónicos y transiciones rítmicas
impactantes. Si el jazz es gozosa especulación, Cubayá lo
confirma.
|