Sobre una silla se cruza todo

ANDRÉS D. ABREU

Sobre todo las tendencias extremo-neoconceptualistas del arte, en su afán de un discurso progresivo, se han acercado tanto a los predios de la ciencia en la contemporaneidad, que, incluso, de sus campos han extraído postulados teóricos de difícil probabilidad práctica y los han materializado desde la subjetividad y la imaginería que domina la creación artística. Parece un tanto absurdo; pero es cierto que el arte contemporáneo ha burlado en ocasiones la incapacidad tecnológica de responder a ciertas ideas y ha creado espacios e irrealidades donde estas puedan encontrar realizaciones que las prueben como "una verdad".

Este rompimiento de los límites, esta invasión de zonas de experimentación entre arte y ciencia, con la tecnología rondando el medio, atenúa el asombro que pudo causar el hecho reciente de que el Museo Nacional de Bellas Artes acogiera en sus salas exposiciones de diseño industrial, un suceso no habitual en estas instalaciones, ocasionalmente abiertas a la manifestación, pero en su variante gráfica e informacional.

Sin embargo, este año estuvo primero Diseño para todos, una muestra llegada desde Suecia con artículos de diferentes propósitos y un sentido humanista en sus soluciones que tal vez justificó su exhibición en el edificio de Arte Universal. Y, luego, 12X2, colección de sillas que actualmente expone el edificio de Arte Cubano como ejemplo de un proceso similar de apropiaciones entre los dominios de la ciencia y el arte.

Afirman los diseñadores Luis Ramírez y Miguel Garcés que las 12 sillas por ellos creadas cumplen rigurosamente todos los requisitos técnicos y parámetros ergonométricos que exige este mueble elaborado para el descanso del cuerpo humano. Incluso, aseveran que han seguido en su diseño el estudio del legado histórico, subvirtiendo estilos conocidos desde una línea estética acorde con la visualidad techno más actual.

Quienes han visitado la exposición en el Museo no podrán negar que asombran algunos de estos prototipos, por su forma y composición espacial, y hasta dejan margen a ciertas dudas sobre su cualidad como sillas. Pero justo esas piezas, inverosímiles como soporte, equívocas, atractivas, sugerentes y únicas totalmente —mientras no las multiplique la industria y las convierta para el uso cotidiano— merecen estar expuestas como posibles objetos de arte, dando veracidad a este proyecto en las inmediaciones de un Museo de Bellas Artes.

Algunas no dejan de ser, incluso, conceptualistas. Y aquí vuelve a funcionar la paradoja: cómo no han de serlo, si de conceptos se rige el diseño contemporáneo. Pero, en este caso, hablamos de la expresión de un concepto exterior expresado a través de su forma.

Para ser más transgresores, los diseñadores han tomado sus bocetos técnicos y los han convertido al dibujo, a partir de combinar el academicismo artístico con el esbozo y la planimetría tecnológica. Y, para colmo, han añadido a cada pieza una breve explicación teórico-comercial de su funcionalidad, en un cruce de todo, tal como lo propició la posmodernidad.

 

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