Siete maravillas para Miami

ALFONSO NACIANCENO

Aun cuando los más entusiastas pa triarcas de la Florida revolcaron cielo y tierra para movilizar a la población de Miami-Dade y Broward e instarla a votar en favor del referendo sobre la instalación de máquinas tragamonedas en esos dos condados, ayer, día del escrutinio, los ánimos no estaban a la misma altura.

Inspirados en la propuesta de que el 30% (¿quién se lleva el otro 70%?) de la recaudación proveniente del promisorio montaje de cuatro de esos aparatos en Broward y tres en Miami se dedicarían como recursos adicionales a la Educación, los organizadores de la burundanga corretearon hasta el agotamiento en el cierre de su campaña propagandística, con anuncios en la radio, llamadas automáticas a los hogares de potenciales votantes y visitas casa por casa.

Después de tanto barullo y presumir de que esas siete maravillas lúdicas dispararían al Sur de la Florida hacia la vanguardia de la industria del juego en los Estados Unidos, los propios artífices del referendo no esperaban más del 15% de asistencia a las urnas, bien baja en un universo de cerca del millón de habitantes habilitados para hacerlo. Veremos cómo termina el show.

Mientras, conozcan esta sugestiva invitación dirigida a quienes tienen la máxima responsabilidad de que sus hijos en Estados Unidos se eduquen, sin estar obligados a sentirse beneficiarios de las artimañas de los apostadores.

"Padres sensatos pueden descubrir oro en las escuelas públicas de Miami-Dade." Así reza el encantador encabezado de la Guía de Educación del condado, disponible en Internet, y en cuyos primeros párrafos casi iguala a estos centros con otros, como dicen allá, "de programas más cotizados".

Las escuelas públicas miamenses no les envidian nada a las del resto del país. Nada, porque según reconoce el documento, reciben en cada aula entre 27 y 46 alumnos; poseen un cuerpo de vigilantes (con walkie-talkie) para intentar controlar al gentío y buscar a personas no deseadas en la instalación, además de que en ellas las peleas y las armas son algunos de los problemas existentes, a pesar de que desde 1993 la Junta Escolar estableció registros aleatorios con detectores manuales de los mortíferos instrumentos.

No crean, la Guía ofrece en sus líneas finales un dato reconfortante al lector: la violencia en el Sur de la Florida palidece en comparación con la denunciada (¿y la no denunciada?) en Nueva York, Los Ángeles y Chicago. Una competencia donde los tres primeros pujan por no abandonar el podio de premiaciones.

Los sinsabores también alcanzan a la enseñanza superior. El sindicato de profesores de la Universidad Internacional de la Florida (FIU, siglas en inglés) batalla por preservar los derechos relacionados con la promoción, evaluación, disciplina y año sabático, entre otros, disfrutados durante los últimos 29 años.

La Junta de Fideicomiso y la Administración de la FIU pretenden incluir esas conquistas dentro de las normativas generales de la casa de altos estudios, con posibilidades de eliminarlas dentro de un tiempo, pero temen que el conflicto afecte la capacidad de retener a su claustro de profesores, en medio de una difícil situación financiera.

La lección está clara, ¡no todo lo que brilla es oro!

 

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