Un conde en el Acuario 

ORFILIO PELÁEZ

Aún Julio Calderín Amador, el más viejo de los buzos del Acuario Nacional, recuerda el momento más peligroso de su larga carrera profesional cuando casi se ahoga al doblar el personaje de Edmundo Dantés.

Foto: RICARDO LÓPEZ HEVIAContados buzos son tan longevos en su profesión como Julio Calderín Amador.

Durante la primera versión que se hizo para el espacio televisivo Aventuras, de la novela El Conde de Montecristo, los realizadores le pidieron hacer la escena donde Dantés logra escapar del Castillo de If, al tirarlo los guardias al mar metido dentro de un saco.

En aquel "debut" como actor, precisa Julio, todo salió muy bien. Me lanzaron de verdad al mar, pero tenía un tanque de oxígeno para respirar, y enseguida que el saco se sumergió, corté las amarras con el cuchillo y salí a la superficie sin problemas.

Transcurrieron varios años y de nuevo Julio fue seleccionado para repetir la misma toma en una segunda filmación del serial. Esta vez no había cámara submarina y por eso se decidió que la célebre escena se hiciera dentro de uno de los estanques del Acuario.

Confiado en sus dotes físicas, Julio prefirió no usar el aqualón y bajar en apnea. El saco, hecho de camisas verde olivo, quedó a medio sumergir y se le pegó al cuerpo de tal forma, que ni siquiera podía manipular el cuchillo. Así este hombre de mar estuvo a punto de morir en su propio centro de trabajo, interpretando al Conde de Montecristo.

SECRETOS DE UNA LONGEVIDAD

Julio Calderín Amador entró a trabajar como buzo en el Acuario Nacional de Cuba en 1967, luego de obtener una de las dos plazas en concurso frente a 40 aspirantes. Ya en 1960 con solo 17 años había ganado un campeonato nacional individual de pesca submarina.

Siempre le gustó el mar y quizás la pasión por ese mundo le impidió sentar cabeza como barbero, peletero y ayudante de electricista, entre otros muchos trabajos que realizó en su juventud.

Para los restantes buzos de la institución, Julio es una verdadera leyenda, pues prácticamente en solitario tuvo que asumir la tarea de colectar peces, corales y otros ejemplares marinos destinados a las exhibiciones, sin tener experiencia en tan delicada misión.

Como bien dice Rafael Hernández Salas, jefe del Grupo de Captura del Acuario Nacional, al principio Julito tuvo muchos contratiempos, pero asumió el reto y luego fue capaz de desarrollar y aplicar diferentes técnicas de colectas, que permiten hacer el trabajo con el menor daño posible a las especies. Realmente, subrayó, despejó el camino a las nuevas generaciones de buzos.

A sus 62 años, Julio acaba de pasar con éxito el riguroso chequeo médico al que son sometidos cada año los buzos. Vive en Guanajay, provincia de La Habana (allí nació también) y todos los días hace ese largo viaje de ida y vuelta en moto para venir al Acuario.

Hace apenas tres semanas recibió el reconocimiento de sus compañeros en el acto por el aniversario 45 de esta instalación, paradigma en la educación ambiental de los cubanos.

Cree que su longevidad en esta profesión se debe a haber practicado deportes toda su vida —hasta fue corredor de moto cross—, no fumar y tener una familia que lo motiva y de la cual se siente orgulloso. Quizás influya también la miel de abeja con propóleo que toma por la mañana.

Ha bajado a profundidades de hasta 55 metros para capturar peces como la llamada joya o angelote pigmeo y sufrido fracturas de costillas al lidiar con delfines de 400 o más libras de peso, hecho que califica de verdadero rodeo bajo el agua.

Define al buzo como una persona que, además de tener un excelente estado de salud, debe ser creativo y ecuánime para sortear con éxito los momentos difíciles, amén de poseer un profundo conocimiento sobre las especies marinas.

Casi al final de la entrevista apunta: "Si por poco me ahogo haciendo una vez de Edmundo Dantés, la mayor mordida me la dio una ¡kawama! en un glúteo, cuando la traía cargada ya fuera del agua. Aquello fue de madre, casi pierdo el conocimiento y estuve 45 días sin poder trabajar".

 

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