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Un conde en el Acuario
ORFILIO PELÁEZ
Aún Julio Calderín
Amador, el más viejo de los buzos del Acuario Nacional, recuerda el
momento más peligroso de su larga carrera profesional cuando casi
se ahoga al doblar el personaje de Edmundo Dantés.
Contados buzos son tan longevos en su profesión como Julio Calderín Amador.
Durante la primera
versión que se hizo para el espacio televisivo Aventuras, de la
novela El Conde de Montecristo, los realizadores le pidieron hacer
la escena donde Dantés logra escapar del Castillo de If, al tirarlo
los guardias al mar metido dentro de un saco.
En aquel "debut" como
actor, precisa Julio, todo salió muy bien. Me lanzaron de verdad al
mar, pero tenía un tanque de oxígeno para respirar, y enseguida
que el saco se sumergió, corté las amarras con el cuchillo y salí
a la superficie sin problemas.
Transcurrieron varios
años y de nuevo Julio fue seleccionado para repetir la misma toma
en una segunda filmación del serial. Esta vez no había cámara
submarina y por eso se decidió que la célebre escena se hiciera
dentro de uno de los estanques del Acuario.
Confiado en sus dotes
físicas, Julio prefirió no usar el aqualón y bajar en apnea. El
saco, hecho de camisas verde olivo, quedó a medio sumergir y se le
pegó al cuerpo de tal forma, que ni siquiera podía manipular el
cuchillo. Así este hombre de mar estuvo a punto de morir en su
propio centro de trabajo, interpretando al Conde de Montecristo.
SECRETOS DE UNA
LONGEVIDAD
Julio Calderín Amador
entró a trabajar como buzo en el Acuario Nacional de Cuba en 1967,
luego de obtener una de las dos plazas en concurso frente a 40
aspirantes. Ya en 1960 con solo 17 años había ganado un campeonato
nacional individual de pesca submarina.
Siempre le gustó el mar
y quizás la pasión por ese mundo le impidió sentar cabeza como
barbero, peletero y ayudante de electricista, entre otros muchos
trabajos que realizó en su juventud.
Para los restantes buzos
de la institución, Julio es una verdadera leyenda, pues
prácticamente en solitario tuvo que asumir la tarea de colectar
peces, corales y otros ejemplares marinos destinados a las
exhibiciones, sin tener experiencia en tan delicada misión.
Como bien dice Rafael
Hernández Salas, jefe del Grupo de Captura del Acuario Nacional, al
principio Julito tuvo muchos contratiempos, pero asumió el reto y
luego fue capaz de desarrollar y aplicar diferentes técnicas de
colectas, que permiten hacer el trabajo con el menor daño posible a
las especies. Realmente, subrayó, despejó el camino a las nuevas
generaciones de buzos.
A sus 62 años, Julio
acaba de pasar con éxito el riguroso chequeo médico al que son
sometidos cada año los buzos. Vive en Guanajay, provincia de La
Habana (allí nació también) y todos los días hace ese largo
viaje de ida y vuelta en moto para venir al Acuario.
Hace apenas tres semanas
recibió el reconocimiento de sus compañeros en el acto por el
aniversario 45 de esta instalación, paradigma en la educación
ambiental de los cubanos.
Cree que su longevidad
en esta profesión se debe a haber practicado deportes toda su vida —hasta
fue corredor de moto cross—, no fumar y tener una familia que lo
motiva y de la cual se siente orgulloso. Quizás influya también la
miel de abeja con propóleo que toma por la mañana.
Ha bajado a
profundidades de hasta 55 metros para capturar peces como la llamada
joya o angelote pigmeo y sufrido fracturas de costillas al lidiar
con delfines de 400 o más libras de peso, hecho que califica de
verdadero rodeo bajo el agua.
Define al buzo como una
persona que, además de tener un excelente estado de salud, debe ser
creativo y ecuánime para sortear con éxito los momentos
difíciles, amén de poseer un profundo conocimiento sobre las
especies marinas.
Casi al final de la
entrevista apunta: "Si por poco me ahogo haciendo una vez de Edmundo
Dantés, la mayor mordida me la dio una ¡kawama! en un glúteo,
cuando la traía cargada ya fuera del agua. Aquello fue de madre,
casi pierdo el conocimiento y estuve 45 días sin poder trabajar". |