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IV Salón de Arte Cubano Contemporáneo
Embriones y mutantes
ANDRÉS D. ABREU
Mutando
evolucionó el universo biológico hasta las especies superiores,
así lo consideran algunas teorías científicas. Pero tras la
aparición del ser humano, como que se detuvo la génesis, aunque la
mutación siguió operando positivamente como capacidad para el
autodesarrollo, la adaptación, la subsistencia y la
diversificación de lo creado.
Instalación de Duvier del Dago.
Similarmente los
procesos del arte contemporáneo vienen demostrando desde hace
varios años (acentuadamente con la posmodernidad) que todo intento
de acción mutante responde más a la reválida de presupuestos
estéticos y semióticos en función de la supervivencia que a un
desarrollo ontogénico para la natalidad de un arte nuevo.
Mientras, el empuje de
la tecnología, los newmedia, y los discursos hegemónicos emitidos
desde estos, imponen finalmente más restricciones materiales que
aperturas intelectuales a los campos de movilidad del hombre y, por
tanto, a su arte; la representación y el diálogo se subordinan
cada vez más a un cable, una antena, un suministro
electroenergético, la emisión de una pantalla, un lenguaje
interactivo y un acceso a las comunicaciones.
Si el organismo humano
muta hoy, debe hacerlo en función de asimilar diariamente las
comodidades y riesgos que implican la irradiación de ondas
electromagnéticas, la invasión del surround, la soledad virtual y
las agresiones virales, ambientales, imprevistas o preventivas. Por
ahí, a favor o en contracorriente, navega también buena parte de
la creatividad.
No es cosa de
extrañarse, entonces, que el Salón de Arte Cubano Contemporáneo
sea una muestra abundante de expresiones e impresiones digitales,
videos y objetos electrónicos, artefactos violentos y
preocupaciones por el universo, el hombre y su memoria.
No exento de ausencias
llamativas, proyectos prescindibles por reiterativos, mutaciones
regresivas en autores capaces y títulos destructores de cualquier
acercamiento inteligente, la selección que se expone en el Centro
de Desarrollo de las Artes Visuales, la Fototeca de Cuba y el Centro
Provincial para el Diseño y las Artes Plásticas, es una buena
muestra de lo que se genera en nuestra Isla con algunos buenos
ejemplos de esas mutaciones posibles.
Toirac con su
transliteración en video del poema Tengo, Fernando
Rodríguez con la animación de Francisco de la Cal en Unir y
separar (supongo que el zipper se lo prestó el Güero), Aimé
García dejando constancia en fotos digitales de sus máscaras,
Vincench minimizando su discurso en Atando cabos se hace una soga,
y Los Carpinteros convertidos en albañiles, convencen. Luis Gómez,
ahora todo digital, es la demostración de una mutación lenta que
ya lo convirtió en otro artista siendo el mismo.
Entre los posibles
embriones del futuro arte cubano, mientras Humberto Planas se
reafirma en lo escultórico, inquietan la intencionalidad de la
pintura de Odey Curbelo, el léxico plástico de Lenier Pérez, las
acciones que documenta Alexis Martínez en Lumínicos, y la
audiovisualidad de Ernesto Oroza en Enemigo provisional. Pero
en el Holograma, de Duvier del Dago, parece estar la mejor
solución genética y genérica a los conflictos del hombre y su
arte contemporáneo: una exis-tencia que, mientras más se esclaviza
al techné, más necesita de capacidad para la memoria y rapidez
para su uso inteligente.
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