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Injerencia yanqui en los procesos electorales en Cuba
JUAN MARRERO
Sé que a nadie le
causará ningún asombro o sorpresa si digo que la injerencia
norteamericana en los asuntos de Cuba, desde que ocuparon
militarmente el país a fines del siglo XIX, estuvo muy presente en
los procesos electorales.
Lo que ocurrió en 1900
es ilustrativo: el gobernador militar Leonardo Wood convocó a
elecciones municipales para elegir alcaldes, tesoreros y jueces por
un año, pero en ellas solo podían participar aquellos hombres
que supiesen leer y escribir, y aparte de ello, debían poseer no
menos de 250 pesos en valores muebles o inmuebles, entonces una
cantidad que no estaba al alcance de los bolsillos de la mayoría de
los cubanos.
De una población de 1
570 000 habitantes, en números redondos, solo un 7% tuvo derecho al
voto, una gran parte de ese porcentaje entonces proclive a que Cuba
se convirtiese en una estrella más dentro de la bandera
norteamericana o, al menos, en un protectorado. En esas elecciones,
las mujeres fueron excluidas, por lo que ni aparecieron en las
listas de votantes ni pudieron expresar en las urnas su voluntad.
Durante muchas décadas se les privó de tal derecho. No fue hasta
1936 que, por vez primera, pudieron elegir y ser elegidas.
La esencia del sistema
electoral norteamericano se trasladó casi mecánicamente a la
realidad cubana para las elecciones de 1902. Para constituir el
Senado, por ejemplo, se estableció la elección de cuatro por
provincias por un periodo de ocho años, mediante el voto secundario
de los llamados consejeros provinciales y compromisarios. Esos
compromisarios debían corresponder en un 50% a los mayores
contribuyentes, lo cual daba en la práctica una participación
decisiva a los miembros de la oligarquía en las opciones de
elección. Aquellos candidatos que tuviesen dinero eran
privilegiados dentro de ese sistema. Por voto directo de los
electores solo se integraba la Cámara de Representantes.
En aquellas elecciones
resultó electo don Tomás Estrada Palma, que poco antes renunció a
la ciudadanía norteamericana y prestó una valiosa contribución al
naciente imperio cuando cuatro años atrás, es decir, en 1898,
disolvió el Partido Revolucionario Cubano, creado por José Martí,
con lo cual el pueblo quedó sin una auténtica fuerza política que
lo representara y guiara en momentos tan cruciales, de tanta
confusión.
Tantas maniobras sucias
hubo en las semanas previas a aquellos comicios, respaldadas por el
gobernador Wood, que la figura de Bartolomé Masó, bien respetada y
querida por el pueblo, con historia de luchas y firme criterio
independentista, desistió a última hora de participar en la
contienda, y en consecuencia el candidato favorito de los yankis,
Estrada Palma, con solo el 47% de los votos emitidos, se convirtió
en el Presidente de la república nacida bajo la humillante Enmienda
Platt.
Otro escandaloso hecho
sobre la presencia de la mano de Washington en los procesos
electorales en Cuba se dio en 1907 en medio de la segunda
intervención militar norteamericana. El Imperio creó una
convención consultiva, presidida por el coronel Enoch Crowder, a
fin de que elaborase leyes complementarias a la Constitución de
1901, entre ellas una Ley Electoral. Afortunadamente dentro de esa
convención fueron incluidos algunos cubanos ilustres, entre ellos
Juan Gualberto Gómez, quien obstaculizó maniobras encaminadas a
que en esa Ley Electoral se otorgase el voto a los extranjeros.
Entonces un 30% de la población en Cuba era extranjera. En la
ciudad de La Habana, por ejemplo, de 75 mil personas en edad
electoral, es decir, mayores de 21 años, solo 35 mil eran cubanos,
y de ellos el 60% no podrían votar pues eran analfabetos. Juan
Gualberto Gómez logró que en esa Ley se refrendase el sufragio
universal, aunque las mujeres continuaron excluidas.
Con mayores bríos
injerencistas, Crowder volvió a Cuba en 1921. Desde un acorazado
surto en el puerto, amenazando con la Enmienda Platt, y disfrazado
de moralista y de luchador contra la corrupción y los fraudes, se
puso a enviar una serie de memorandos al presidente Alfredo Zayas,
entre ellos uno sobre el Registro Electoral, con instrucciones sobre
cómo debía proceder. Por acciones tan groseras y humillantes tuvo
que pasar nuestro pueblo en aquella república neocolonial.
En ese memorando,
Crowder expresó preocupación con la adopción del Registro
Electoral Permanente, y exponía que en las elecciones de 1918 se
pudo comprobar que por medio del fraude y de la corrupción, los
Registros habían sobrepasado todas las proporciones en el número
de electores. Recuerdo que en una de las municipalidades —agregaba—,
el número de electores excedía en muchos miles al total de la
población, y en todos los demás términos municipales las listas
estaban enormemente aumentadas.
El procónsul yanki
reclamaba del Presidente Zayas "toda la mejor atención" en el
asunto de los Registros Electorales, ya que la Junta Central
Electoral había aplicado una disposición de exclusión del
Registro de todos los electores que no hubiesen ido a votar en las
elecciones parciales de 1921, y que, según tal enmienda al Código
electoral de 1919, esa decisión solo podía variarse por un acuerdo
del Congreso o la restitución por petición de cada ciudadano
excluido ciento diecinueve días antes de las elecciones, convocadas
para el primero de noviembre de 1922.
Crowder decía que "queda
solamente un tiempo muy limitado para resolver en cuanto al número
enorme de inclusiones" y recababa que la Junta Central Electoral
dictase alguna regla especial de urgencia que pudiese facilitar la
mejor manera de practicar y preparar los Registros para las
próximas elecciones bienales. Hasta esos detalles electorales
llegaba el intrusismo del coronel Crowder. |