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Desde Venezuela
Amor en la Quebrada de Guaicaipuro
Ventura
de Jesús y Jorge L. Baños (foto)Enviados especiales
Al marcharnos dejamos a
nuestras espaldas la Cruz del Ávila, icono caraqueño que se alza
sobre las faldas de la montaña y se ilumina el último mes del
año. Es un distintivo que atrae la atención de muchos capitalinos
y resulta un fascinante espectáculo para el matrimonio de médicos
cubanos Maribel Gil Ramírez y Orlando Rodríguez Ginarte en sus
ratos de añoranza.
Cuando salimos de la
casa donde residen los galenos, ya a media tarde y después de una
larga charla, las nubes se explayaban en el horizonte sobre esos
legendarios cerros. Habíamos estado más de tres horas rebullendo
nostalgias.
AMOR EN BICICLETA
Hace seis años Maribel
y Orlando no tenían la menor idea de qué iba a ser de sus vidas. "Nos
conocimos en Haití, en 1999. Integramos la brigada de médicos que
iba a aquel país empobrecido a tenderle la mano solidaria. Creo que
para nosotros fue un viaje de amor, una aventura salvadora".
Esta joven natural de
San Nicolás de Bari, de 34 años de edad (uno menos que su esposo),
luce elegante aun vestida con la tradicional bata de médico. Es
fácil distinguir la hermosura de sus ojos azules oscuros. "Llegamos
el día 5 de febrero y el 28 de marzo comenzamos la relación
amorosa. Los dos estábamos solos".
Aunque ella asegura que
la primera conversación entre ambos fue más bien para entretener
el tiempo, el granmense Orlando confiesa que aquella noche del
primer día en que se conocieron estuvo pensando en ella casi hasta
el amanecer.
"El
amor puede fraguar en cualquier parte y tiempo, pero tanto mejor
cuando surge y se forja en la adversidad. Eso es lo que nos ha
ocurrido. En Haití, por ejemplo, solo podíamos vernos los fines de
semana y me veía obligado a pedalear unas tres horas para ir hasta
la pendiente intrincada donde ella consultaba. Fue una experiencia
bella pero dura."
CUBA: UNA TACITA DE
ORO
Maribel a veces se
despierta de pronto en la noche con el recuerdo de su familia en
Cuba. Ya llevan 19 meses en Venezuela. Cuatro de sus seis años en
matrimonio lo han dedicado a la noble labor solidaria.
"Fuimos
de los primeros médicos cubanos en llegar a este lugar, un barrio
históricamente dividido por viejas rencillas de no se sabe qué
fundamento. La comunidad pertenece a la parroquia La Candelaria,
pero las querellas del vecindario establecieron que se les conozca
por nombres distintos: Quebrada El Carmen y la de Guaicaipuro.
A mí en lo personal me
gustaría que se llamara Quebrada de Guaicaipuro, en honor al
legendario caudillo, apunta la doctora.
"De
algún modo creo que nuestro amor contribuyó a la unión del
barrio, a pacificar las controversias históricas de esta población
que se atrevió a fijar sus humildes residencias a ambos lados de la
cañada. Ojalá la naturaleza nunca se acuerde de que este
desfiladero le pertenece."
—¿Y
no extrañan ustedes a la familia, el barrio, las amistades?
"Hay
que estar lejos de la Patria para saber cuánto se quiere lo de uno.
Desde la distancia se aprende a valorar más lo que se tiene. Cuba
es una tacita de oro. Todas las riquezas del mundo no son nada
comparadas con la libertad nuestra.
"Ya
son infinitas las ansias de regresar. Llega un momento en que te
enternece ver un barco, la bandera cubanaÁ hasta nuestro himno nos
parece el más bello del mundo."
—¿Te
atreverías a hacer un retrato de Maribel?, le pregunto a Orlando.
"Una
buena doctora en toda la extensión de la palabra. Obsesiva con sus
cosas; de carácter fuerte, pero sincera y sencilla. Es muy
cariñosa conmigo y siempre aporta algo esencial para solucionar
cualquier problema. En ocasiones le gusta imponer su criterio."
—Maribel,
tienes derecho a replicar, es tu turno, le digo para "pincharla".
"Como
médico es de los que se entregan en cuerpo y alma al trabajo, muy
responsable; es compresivo y tiene mucha paciencia. Creo que gracias
a eso hemos sobrellevado tantos inconvenientes. Nos complementamos
muy bien. Hemos tenido discusiones, pero sin la menor importancia.
Además, creo que en sus planes no está regresar a la provincia de
Granma" (se ríe).
Orlando no hace más que
abrir la puerta de su cuarto, y ya está en la consulta. Tanto él
como su esposa atienden a unos 30 pacientes diariamente. En la tarde
realizan trabajo de terreno y en la noche siempre se quedan en casa.
Confiesa Orlando que
Maribel es la más experimentada cocinera pero, como en la casa
residen varios médicos, suelen rotarse para asumir esa tarea. Al
principio el arroz nos quedaba con algunas "pelotas", pero nos hemos
ido superando, reconoce.
Al despedirnos quedaron
algo silenciosos, quizás pensando en el cercano regreso a la Patria
y en la posibilidad de concebir el tan añorado primer hijo.
"Dicen
mis pacientes y mi amiga María que va a ser un parto de trillizos:
dos hembras y un varón. Ya han comprado hasta parte de la
canastilla."
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