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Turibio es Brasil
PEDRO DE LA HOZ
Si
Heitor VilIa-Lobos es Brasil —festivo y melancólico, bahiano y
carioca, gaucho y mineiro, sertanejo y amazónico, nostálgico y
carnavalesco, multicultural y mestizo, samba y frevo, choro y
batucada, folclórico e innovador—, Turibio Santos también lo es.
Porque en la guitarra encarna el espíritu vivo de Villa-Lobos, y
reparte su legado a manos llenas.
Protagonista
del programa sinfónico dedicado a la XIV Feria Internacional del
Libro Cuba 2005, en el teatro Amadeo Roldán este último fin de
semana, Turibio recordó a muchos avisados melómanos y descubrió a
otros por qué se le considera uno de los más connotados
representantes de la guitarrística brasileña contemporánea.
En su entrega del Concierto
para guitarra y pequeña orquesta, de Villa-Lobos, nos dio el
lujo de disfrutar esa conjunción de refinamiento estilístico y
savia popular que recorre una partitura emblemática de la estética
del compositor. Fue lo que el maestro Jesús Ortega definió como "un
Villa-Lobos auténtico, que viene de la raíz".
Un detalle de la
dimensión artística de Turibio nos lo reveló el director a cargo
de la Sinfónica Nacional, Enrique Pérez Mesa. El maestro
brasileño llegó al ensayo y solo dijo: "No me gustan los
rallentando. No se preocupen, nos vamos a llevar bien".
Y en efecto, fluidez y
empatía entre el organismo instrumental y el concertista
caracterizaron una ejecución penetrante y jubilosa, como si
Villa-Lobos estuviera de cuerpo presente y Alejo Carpentier, uno de
sus más tempranos y profundos exegetas, aplaudiera en el lunetario
de su entrañable auditorio vedadense.
ANTESALA LÍRICA CON
RICHARD STRAUSS
Antes de la irrupción
de Turibio en la escena, el programa sabatino de la OSN nos trajo
otro plato fuerte: el retorno de la soprano cubana Yolanda
Hernández a una jornada sinfónica nada menos que con un ciclo de
cinco canciones de Richard Strauss.
Bien se sabe lo retador
que resulta la transmisión de un discurso vocal de resonancias
wagnerianas, de largas frases y arduas exigencias expresivas.
Yolanda ha conseguido
interiorizar, más allá de los aspectos técnicos, los acentos
espirituales del estilo straussiano, ajustándolos a las opacidades
de su voz madura, no tan potente, pero cálida, sostenida por una
orquesta que si bien la sobrepasó en la primera pieza, se amoldó a
su emisión en el resto del programa.
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