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Alud de talento en
los límites del sinfonismo
Abbado con la
Orquesta de Jóvenes Latinoamericanos: osadía artística y entrega
humana
PEDRO DE LA HOZ
 Puedo
entender a plenitud, ante lo acontecido estos días en el teatro
Amadeo Roldán, la frase con que el maestro Roberto Chorens
calificó las jornadas de gestación de la Orquesta de Jóvenes
Latinoamericanos (OJL) días atrás en Caracas. Porque solo "una
fiesta de la creación" puede dar frutos tan promisorios.
En la capital
venezolana, la primera etapa de esta nueva experiencia de
integración cultural por la vía de la música reunió a 250
jóvenes, provenientes de Venezuela, Ecuador, Colombia, Perú,
Bolivia, Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, México,
Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá,
República Dominicana, Puerto Rico, Haití y, por supuesto, Cuba
representada con 40 miembros procedentes del Instituto Superior de
Arte, la Escuela Guillermo Tomás, el Conservatorio Amadeo Roldán,
la Escuela Nacional de Música, la Orquesta Sinfónica Nacional y
las homólogas de Santiago de Cuba y Holguín.
Ahora en el Amadeo
Roldán, con una composición mayoritaria de cubanos y venezolanos —las
miradas estimulantes de Martí y Bolívar ocuparon la parte alta del
escenario—, se verificó el milagro: la OJL ofreció una entrega
agradecida y extraordinaria.
En el centro del
proyecto, el maestro Claudio Abbado, generoso en su actitud humana
(¿qué otro de los grandes directores dedica tiempo y energías
para cultivar el futuro de la música en países del Tercer Mundo?)
y exigente en la concepción artística.
Abbado logró en muy
poco tiempo que estos jóvenes comenzaran a conocerse y comprender
su estética musical por donde otros, incluso veteranos
profesionales, culminan o nunca llegan: el francés Claude Debussy y
el bohemio Gustav Mahler.
El Debussy de La mer
encarna un espíritu eternamente transgresor. El compositor
concentró en esa partitura los mayores hallazgos de un lenguaje que
trascendió, sin ser iconoclasta pero sí radical, los límites de
la evolución del sinfonismo euroccidental desde Haydn y Mozart
hasta Wagner. Escuchándola se entiende por qué a estas alturas el
hoy célebre compositor y director francés Pierre Boulez afirma que
a "Debussy podemos situarlo junto a Anton Webern en una misma
tendencia de destruir la organización formal preexistente en la
obra, en un mismo recurrir a la belleza del sonido por sí mismo, en
una misma pulverización elíptica del lenguaje".
La Sinfonía no. 5,
de Mahler, contiene los retos más inimaginables de dinámica y
construcción orquestal que se concibieron al agotarse el filón
romántico del siglo XIX. Ese atormentado creador, dios y demonio en
la Viena de su época, estructuró el material de la obra de una
manera nada ortodoxa, con una marcha fúnebre (trauermarsch) en el
pórtico y un rondó final delirante, pasando por el hermoso
adagietto para cuerdas que abre la tercera división, de grata
recordación para quienes admiraron el filme Muerte en Venecia.
Entre los jóvenes y
Abbado se las arreglaron para transmitir la forma y el espíritu de
estas dos imprescindibles partituras. El público no fue ajeno a las
inquietantes y coloreadas modulaciones de los esbozos sinfónicos de
Debussy ni a la sobrecogedora naturaleza de Mahler. Quién sabe
cuántas veces Abbado habrá visitado y revisitado esas obras. De la
sinfonía mahleriana, la crítica ha señalado su versión de 1993
con la Filarmónica de Berlín entre los mejores registros de todas
las épocas. Y apenas hace dos años, con la Orquesta del Festival
de Lucerna hizo La mer.
Pero, estoy seguro, que
esta experiencia con la OJL fue única e irrepetible. Vale para tan
espléndido resultado, repetir la frase con que la crítica vienesa
solía calificar las ejecuciones de Mahler al frente de su orquesta:
Herrlich wie am ersten Tag (Glorioso como en el primer día).
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