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Diez-Nieto, tributo a la sencillez
Omar
Vázquez
Como
un tributo a la sencillez, a la entrega callada de toda una vida
consagrada a la docencia desde la música, puede calificarse el
otorgamiento a Alfredo Diez-Nieto, del Premio Nacional de Enseñanza
Artística, hecho efectivo por Abel Prieto, miembro del Buró
Político del Partido y ministro de Cultura, en presencia de Carlos
Martí, presidente de la UNEAC; Haydée Montes Cabrera, secretaria
general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Cultura, y Ana
María González, rectora del Instituto Superior de Arte.
Diez-Nieto (La Habana,
25 de octubre de 1918) exteriorizó que con toda sinceridad
consideraba que en él estaban representados todos los nominados,
agradeció a los maestros que ayudaron a su formación y que el acto
se celebrara en el ISA, del cual es fundador y adonde llegó
procedente de la Escuela Nacional de Arte.
Y como de uno de
nuestros grandes compositores del siglo XX se trataba, la Camerata
Romeu, dirigida por Zenaida Romeu, lo ejemplificó con la
interpretación de su logrado Quinteto para orquesta de cuerdas.
Al escucharlo, este
redactor no pudo dejar de evocar la contribución de Diez-Nieto a la
formación académica de destacados músicos de agrupaciones
bailables en la Orquesta Popular de Concierto, quienes, en la
década del sesenta del pasado siglo, no obstante haber trascendido
internacionalmente (Enrique Jorrín, Rafael Lay, Richard Egües,
Félix Reina...), se sometieron a su dirección para acceder al
sinfonismo.
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