Penas y alegrías del humor

ANTONIO PANEQUE BRIZUELA

Foto: ALINA GAÍNZANación para la cual el chiste ha constituido siempre parte de la vida, sería una "broma" de mal gusto afirmar que en Cuba el humor está en problemas. Es criterio generalizado que, ni en los peores momentos, el cubano ha dejado de reírse e, incluso en esas circunstancias, se afirma que nos reímos de nuestros propios problemas. Las dificultades comienzan cuando el humor sube a escena, cuando alcanza —o trata de alcanzar— la categoría de arte.

No es lo mismo hacer un "cuentecito" en familia que llevarlo al teatro, al cine o a la televisión. Desde el hogar, pasando por el barrio, el grupo de amigos, el cabaret o la fiesta colectiva, el chiste debe tener un acomodo adecuado a normas tan elementales como la decencia, la educación formal, el pudor, los códigos colectivistas, las convenciones sociales y los códigos de signo político-social.

Sobre esas barreras, junto a otras impuestas tanto por la propia sociedad como por ejecutivos y creadores que regulan las proyecciones de esos medios, ha tenido que desarrollarse el humorismo nacional en las últimas décadas. Pero también ese género ha debido adaptarse a la impronta de los avances educativos y culturales que provocan, obligatoriamente, diferenciaciones en la manera de hacer el chiste respecto a épocas anteriores.

La ignorancia tiene una amplia, aunque amarga sonrisa.

No puede interpretarse igual el humor por parte de una población iletrada en parte, como la que existía antes de 1959 en Cuba, que otra como la actual en este mismo país, que tiene el nivel educativo más alto de toda el área latinoamericana y caribeña, 1 de cada 17 de sus ciudadanos es graduado universitario y la enseñanza obligatoria es de noveno grado.

En medio de ese gran y complejo escenario ha discurrido el humorismo cubano durante décadas, pasando por espacios y obras célebres —o no— en la televisión, en el cine, en el teatro, la historieta y la caricatura. Y por ese camino nos encontramos con tramos de más reciente data, como ¿Y tú de que te ríes?, mediante un Ulises Toirac entre cuyos desaciertos no figura el creerse que ese tipo de programas en televisión debe tener larga vida.

O damos con la obra más reciente y acabada de este autor-director: ¿Jura decir la verdad?, programa de reconocida popularidad —bien ganada, a nuestro juicio— pero refrendada, además, por una calidad real dentro de una manifestación que, lamentablemente, no tiene muchas otras opciones para el televidente.

Espacio caracterizado por un elenco cohesionado, guiones generalmente equilibrados, actuaciones y situaciones de justificada hilaridad, singulares ocurrencias e imaginativos vestuarios y escenografías, así como una aproximación sicológica amigable, casi afectuosa ante el espectador, no tendría, mucho que señalársele, si se excluyen ciertos lugares comunes de añejo empleo, como las "seguidillas", y otros de nuevo tipo, como esa extraña costumbre, muy de moda en los últimos tiempos no solo en ese espacio, de reírse en grupo, dentro de una especie de atmósfera de secreta y cerrada complicidad. Hacer cosquillas se ha usado siempre y continúa haciendo reír.

Otro paso de avance a favor de los consumidores de humor ha sido la idea de extrapolar determinados espectáculos desde hoteles y cabarets hacia los teatros: La Oveja Negra en el Nacional, Mariconchi en el América, La Seña del Humor en el Mella, con sus respectivos invitados de ocasión...

Idea tal vez un poco malograda por el empecinamiento de algunos —incluidos los invitados— de trasladar ciertos chistes, monólogos, pequeños guiones, parlamentos o gags, de un lugar de determinadas especificidades sicológicas y sociales, como es el cabaret, a otro de menor privacidad y mayor exigencia artística y pulcritud como es el teatro.

A veces, por cierto, en ellos también persisten chistes sobre pinareños, razas, prostitutas, emigrantes, viajes al extranjero, y otros temas cuyo insistente empleo denota cierta pobreza creativa. También ciertas irreverencias, algún que otro lenguaje soez y ciertos chistes ofensivos para un público que sabe lo que quiere y paga por el espectáculo, pero también por la formación de sus artistas. A veces uno se pregunta cuál es la seña que nos quieren enviar

No se trata de hacer un humor aséptico, pues ello no dejaría de ser también un lugar común, sino de elevar el humorismo al verdadero nivel artístico que le corresponde en nuestra sociedad. Hace reír —ya se ha dicho— es cosa muy seria.

 

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