¿Dólar flojo y economía fuerte?

JOAQUÍN RIVERY TUR

LA GRAN CONTRADICCIÓN. Desde el Viejo Mundo, el Banco Central Europeo anuncia que el dólar despidió el año por encima de 1,36 por euro después que la moneda común europea rompiera varios récords.

El mismo 31 de diciembre, la divisa europea alcanzó la marca de 1,3667 dólares, una frontera nunca antes lograda por ella, ni tampoco, en baja, por la moneda de Estados Unidos.

En el comportamiento, o tal vez sea mejor decir el pulso monetario entre ambos símbolos, no todo es completamente comprensible y parece verse la mano farisea en la paridad de dos divisas que marcan al mundo de hoy.

La revaluación del euro no está muy justificada.

En primer lugar, porque los índices de la economía europea no tienen un comportamiento tan bueno como para que su moneda lo refleje con el alza exagerada de su valor.

Ese precio perjudica fuertemente a las exportaciones europeas, que se ven encarecidas por una moneda excesivamente fuerte, injustificadamente valorada. El único aliciente europeo es que los altos precios del petróleo se cotizan en dólares, y al cambiar los euros, ellos tienen cierta pequeña ventaja al comprar el crudo.

Del lado opuesto del Atlántico, tampoco las explicaciones son convincentes.

Un dólar que pierde tanto valor estaría reflejando una economía tambaleante, un descenso, pero los partes oficiales del Departamento de Comercio de Washington dicen lo contrario.

Oficialmente, la economía estadounidense creció en algo más del 2% en el segundo trimestre (verdaderamente una cifra baja, pero fomento al fin y al cabo), mientras en el último trimestre del 2004 el registro señala un 4% en cifra preliminar.

Este último índice es necesario tomarlo con pinzas, puesto que las compras de fin de año usualmente lo hacen crecer y no son precisamente un indicador definitivo.

Sin embargo, no hay duda de que la economía crece y, por tanto, es inexplicable un descenso tan pronunciado del dólar, que podría estar, cuando menos, con cierta estabilidad.

Volvemos a la tesis más manejada. Por alguna causa, el Banco Central Europeo no actúa.

Pero sí es comprensible la posición norteamericana. Con las guerras, los planes de defensa antimisiles, la reposición de lo que se destruye en armamentos y la rebaja de los impuestos a las familias más ricas, el déficit fiscal norteamericano aumenta, igual que el desbalance comercial.

Esos son índices que impulsan a la baja al signo monetario yanki. Pero se le contrapone un crecimiento económico sostenido durante todo el año, lo que debería respaldar al dólar y mantenerlo en mejores condiciones. No es así.

Aquí entra a desempeñar su papel la política. Cuando los déficits son altos y peligrosos, hay que tratar de compensarlos. Un dólar débil eleva la competitividad de las mercancías estadounidenses y tiende, por tanto, a evitar que los déficits se eleven a puntos críticos y demasiado peligrosos. Eso equivale a que la Reserva Federal está apostando a maniobras para hacer que su moneda siga bajando, tanto que ya no solamente pierde terreno frente al euro, el yen y el franco suizo, sino también respecto a las usualmente débiles monedas latinoamericanas.

El último día del 2004, Chile anunciaba oficialmente que el valor de la divisa norteamericana había cedido un 6% de su valor, un fenómeno poco frecuente.

Esta volatilidad se extiende igualmente al peso colombiano, revaluado en casi un 14% en el año; y situaciones similares se aprecian en Argentina, Brasil y México, y todo eso permite aumentar las exportaciones norteamericanas.

El problema más serio para la Casa Blanca y sus asesores económicos y financieros es que nadie sabe hasta dónde van a llegar los gastos bélicos en una guerra insostenible en Iraq, en la cual no parece haber fin para el número de soldados yankis muertos ni para las enormes erogaciones en armamentos. El grupo fascista de Bush no parece estar muy preocupado con eso, pero la realidad les puede dar una sorpresa.

 

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