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Jugando con las
tesituras y el ritmo
Omar
Vázquez
A
no dudarlo, el movimiento de cantorías infantiles es uno de los
aciertos de nuestra cultura, y ello debido tanto al valor
intrínseco de trabajar para el futuro como el de la entrega de
prestigiosos profesores para empastar disímiles y no entrenadas
tesituras y que todo salga como en un juego. Lo anterior resaltó en
su concierto principal —bajo la dirección general de Digna Guerra—,
en el Teatro Karl Marx, en el cual 700 pequeños cantores unieron
sus voces.
Desde el inicio todo fue
miel sobre hojuela, con los coros de las Escuelas Amadeo Roldán,
Manuel Saumell y el Nacional Infantil, este último dirigido por la
maestra Digna Guerra, con la interpretación de Papalote,
musicalización de Beatriz Corona de un texto de Adolfo Martí,
entre otros números; y especialmente, en Yo tenía un cascabel,
en el que Mariela Martínez "tradujo" gestualmente su letra para los
hipoacúsicos.
Momentos logrados como
estos se repitieron a lo largo del programa. También los hubo
hilarantes, como el del Coro Pequeñina, de Ciudad Libertad
(preescolar de cinco años), conducido por Karelia Martínez y el
acompañamiento de la pianista Caridad Pérez y otros músicos, en Pinocho,
en el que, con el desenfado de su edad y sin asomo de miedo
escénico, representaron al personaje del cuento, que fue asistido
por "un doctor" y un hada madrina. Después, los coristas sonearon Tripita,
para regocijo de los asistentes.
Serían muchas las
agrupaciones para mencionar, como bien lo merecen el Coro Selectivo
de la Escuela Manuel Saumell, el Amanecer, dirigido por Anet García
y su interpretación de La paloma; Voces del Mañana, de la
García Caturla, en Yenyere cumá y Alfabeto musical,
hasta llegar a la Cantoría Gisela Hernández, del Museo Nacional de
la Música, con Carmen Fernández al frente y su acabada entonación
de El país donde hay un Rey, de la propia Gisela, pero la
enumeración solo redundaría en el aserto de que a través de ellos
se pudo apreciar el avance del movimiento.
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