|
100 años para el joven
Peter Pan
ROLANDO
PÉREZ BETANCOURT
ESTÁN
LOS NIÑOS que queriéndose adelantar a su crono, se vigilan la
primera sombra del bigote, fuman a escondidas y desvisten a las hadas
de cualquier hálito romántico. Y están los que se resisten a
crecer, porque encontraron en la fantasía de la niñez el mejor de
los mundos, y nada interesados en las incertidumbres que traería la
vida, echan anclas en él.
Allí habría que buscar a
Peter Pan, ese delicioso personaje para muchos familiar mediante el
dibujo animado (un verdadero clásico) que hiciera Disney en el año
1953, pero que, en realidad, nació a finales de diciembre de 1904 en
un teatro de Londres, hace más de cien años.
James Mathew Barrie, el
autor de Peter Pan, concibió la obra sin demasiadas expectativas,
entre otras razones porque le estaba ofreciendo a una audiencia adulta
una historia conformada por niños capaces de volar en el escenario.
También aparecían en ella un cocodrilo de eterna boca abierta, un
personajillo regador de polvos mágicos en su vuelo —esa Campanilla
a la que alguna vez invocamos de niño, para que viniera en nuestra
ayuda— y para rematar, aquel pirata con ornamentas de pacotilla y
utilizado por muchos padres para lograr que sus niños traguen la
comida sin dilacionesÁ si no lo quieren ver aparecer agitando su
tenebroso brazo: el Capitán Garfio.
La obra, por supuesto,
tenía un río subterráneo lleno de humanidad y ese es el secreto de
que sus aguas hayan transitado hasta nuestros días sin perder en
esplendor.
Desde siempre, James
Mathew Barrie, sintiéndose un Peter Pan él mismo, atesoró en
secreto aquel mundo de encantamientos. Y solo se atrevió a darle
rienda artística, a crear El País de Nunca Jamás, cuando una tarde
de 1897, sentado en un parque de Londres, vio jugar a varios hermanos
y comprobó que el mayor de ellos, ya sin edad para tales
entretenimientos, participaba en el retozo con tanto ahínco que le
hizo pensar que se resistía a aceptar su edad. El niño se llamaba
Peter y la relación que el escritor estableció tanto con él como
con sus hermanos y madre —una joven y hermosa viuda signada por una
enfermedad fatal—, fue vital para que Peter Pan se estrenara siete
años después y alcanzara un enorme éxito.
Precisamente esa historia
es recreada en un filme reciente que está cosechando no pocos éxitos
internacionales y que posiblemente veamos dentro de poco: Descubriendo
nunca jamás, con Johnny Depp y Kate Winslet.
Al cumplirse los cien
años del Peter Pan que nos vio crecer a muchos mientras él se
quedaba afincado en la misma estatura y vitalidad de sus sueños, no
pocas son las relaciones que pudieran establecerse con el personaje:
desde los intentos de remontar vuelo encima de un muro, hasta las
noches en que Wendy, siempre escurridiza, no acudía a la cita y nos
dejaba esperando con la cabeza en la almohada.
Pero entre todas, hay una
relación que considero esencial e invito al lector a pensar en ella
desde la altura de los años transcurridos: el momento exacto en que —quizá
sin percatarnos, empujados por el paso del tiempo u obligados quién
sabe por qué circunstancias, en fin, queriéndolo o no— levantamos
el primer pie hacia el umbral que dejaba atrás El País de Nunca
Jamás.
Recordar el sentimiento
prevaleciente entonces sería revelador, tanto como la convicción de
que sin demasiado esfuerzo y (es aconsejable) de la mano de hijos y
nietos, podemos, si no volver, al menos asomarnos a él.
|