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La niña, la familia y el buen cine
ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
DOS FILMES ARGENTINOS, dos estilos
diferentes y una calidad. La niña santa, de Lucrecia Martel,
y Familia rodante, de Pablo Trapero, permiten hablar de un
cine bien encaminado desde perspectivas estéticas encontradas y
más allá de esos gustos personales que al validar solo las vías
de ciertas apreciaciones anulan cualquier otra opción.
Ya con buenas credenciales en La
ciénaga, su debut en el largometraje, la Martel demostró algo
que ahora reitera: una mirada propia para contar historias en las
que los climas son tan importantes como las anécdotas. El despertar
de la sexualidad en una adolescente, el ambiente beato y también de
doble cara en que está inserta, y la aproximación soez sobre la
protagonista que hace un médico durante una aglomeración,
constituyen la columna vertebral de esta trama llena de personajes
que trazan una aparente desviación de la sustancia argumental, pero
que a la postre la enriquecen en un "todo conflictivo". Donde pierde
fuerzas La niña santa es en la reiteración de evidencias y en una
aparente promesa de mayor complejidad y sorpresa final para una
narración que ha venido transcurriendo con un sostenido ritmo
monótono. Cuando la Martel concluye con uno de aquellos finales que
hicieron furia en los años sesenta Åfinales abiertos, demasiado
abiertosÅ el espectador siente que falta algo. Y en verdad no falta
nada, todo está dicho, pero tan dicho que se esperaba otra cosa.
No obstante lo señalado, La niña
santa permite hablar de un estilo muy particular en cuanto a
interpretar una realidad y a la vez crear con ella un mundo fílmico
de puro estilo personal, algo encomiable en estos tiempos de "corta
y pega". Pero un estilo aún a medio camino, o mejor, en franca
maduración. Y si madura, la Martel será una imprescindible del
cine argentino.
En otra línea expresiva, casi
documental, transcurre Familia rodante, de Pablo Trapero.
Toda una familia en viaje de 1 000 kilómetros por carretera en un
mismo trailer y con el objetivo de asistir a una boda. El director
no rechaza los estereotipos, más bien los busca para conformar un
juego de propósitos evidentes: armar una trama a partir de un
estilo en el que las circunstancias y la reacción de los personajes
fluyen de una improvisación de la que ni el mismo Trapero pareciera
tener conciencia. Antropología y cine, actuaciones espontáneas y
una cámara en mano dispuesta a transmitir información desde lo
aparente imperceptible. También alguna que otra escena redundante.
Concluye hoy el Festival y como
siempre quedan filmes por ver.
Además del ya tradicional respaldo y
goce del público con esta fiesta del cine, habría que destacar la
calidad apreciada en la mayor parte de los filmes latinoamericanos
en competencia. Aquí se han exhibido películas que pueden pararse
con los brazos en jarras en cualquier festival del mundo. Y ese
empinarse artísticamente con temas nuestros, y también
universales, llena de orgullo, principalmente en tiempo en que buena
parte del cine distribuido en los cinco continentes y manufacturado
en la gran destilería del Norte no hace otra cosa que contar más
de lo mismo, desde una asfixia creativa que solo aquellos
consumidores "trabajados" no pueden ver.
Noche de premios, y de alegría no
solo para los que triunfen, sino también para los espectadores que
con ellos también ganan.
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