Memoria viva

ORTELIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ

CIEGO DE ÁVILA .— Como testigo perenne del trascendental hecho, todavía brota el agua clara del manantial donde Gómez y Maceo, junto al grueso de la tropa, bebieron poco después de llegar a los potreros de Lázaro López, donde se formó el Ejército Invasor.

Aunque ya no existen los mismos trillos, caminos, linderos y fincas, perdura el recuerdo, transmitido de generación en generación, de dos acontecimientos muy estrechamente vinculados: el cruce de Maceo, el 29 de noviembre de 1895, por la Trocha de Júcaro a Morón, y la formación en esta zona, un día después, del Ejército Invasor.

La línea fortificada se proponía confinar las luchas independentistas a los departamentos orientales; desgastar y privar de ayuda y abastecimiento en comida, armas y pertrechos a los mambises, e impedir a toda costa que la guerra se extendiera y afectara las bases de sustentación y las posiciones de hacendados del Occidente de Cuba.

La Trocha, según criterios de los militares colonialistas, era inexpugnable.

Afirmaban que era imposible el cruce de grupos armados sin ser vistos, debido al sistema defensivo que poseía: 68 fortines, puestos de escuchas, casas fortificadas, alambradas, un ferrocarril que posibilitaba el rápido movimiento. Todo vigilado por más de 10 000 hombres.

Sin embargo, al amanecer del 29 de noviembre, bajo una tenue neblina, el Titán de Bronce, al frente de más de 1 500 hombres, pasó lo que en aquellos momentos era considerada una de las fortalezas más importantes de España en América Latina.

Y todo sin mucho esfuerzo. Así lo atestigua una carta remitida por el General Antonio a su hermano José, el propio día 30.

"Ayer, poco después de haber amanecido, llegamos a la Trocha de Júcaro a Morón, que cruzamos sin otra novedad que algunos disparos hechos por el fuerte La Redonda que nos causó un herido leve y cuatro caballos heridos al azar. Continuamos la marcha y nos reunimos, por la tarde a un cuarto de hora del poblado de Gil Herrera, con las fuerzas del Camagüey al mando del General en Jefe, a quienes acompañaban los generales Roloff y Serafín Sánchez."

Bernabé Boza, jefe de escolta de Máximo Gómez, testimonió que en el lugar se encontraron Antonio Maceo y Grajales, el presidente Salvador Cisneros Betancourt, los miembros del Consejo de Gobierno y el resto de la Columna, quienes esperaban al General en Jefe y a los escuadrones de la Brigada de Sancti Spíritus.

"Es imposible describir —afirma Boza— la escena que allí tuvo lugar. En un estrecho abrazo y derramando lágrimas de santo patriotismo nos confundimos orientales, centrales y occidentales, negros y blancos. Mucho mejor que los discursos que allí se pronunciaron y que los vivas frenéticos que atronaban el espacio, era la resolución firme que se veía en todos los rostros..."

"¡Hacerle la guerra a España a sangre y fuego, hasta obtener la absoluta independencia de la Patria!"

Signados por la urgencia de la guerra, en breve plazo, Gómez y Maceo organizaron el Ejército Invasor; analizaron las características del terreno, la combatividad y respuesta del enemigo, las condiciones de las fuerzas cubanas, y las misiones y objetivos que deberían cumplir.

El Generalísimo designó a Maceo jefe máximo de la invasión y, también, recibió la jefatura del cuarto y quinto cuerpos de ejército.

Ambos realizaron la selección conjunta de cuadros de mando, combatientes y unidades, en la cual tuvieron en cuenta los factores individuales y colectivos.

De tal manera crearon una fuerza de acción rápida de alta capacidad combativa, con fácil maniobrabilidad, con una estructura flexible para la ejecución de misiones independientes. La reunión de todas las fuerzas allí concentradas fue de 4 000 efectivos: 3 000 de caballería y 1 000 de infantería.

En 1897 Máximo Gómez valoró la gran significación y trascendencia de la formación del Ejército Invasor en los potreros de Lázaro López al "decidir el futuro de la revolución", según expresó.

Y subrayaba: "el primer paso estaba dado. Se había puesto en ejecución la parte más difícil y escabrosa de toda empresa humana: el principio".

"A partir de aquel momento, a mi juicio, comenzaba la era en que se iba a jugar la suerte de la revolución."

• El periódico agradece la colaboración en este trabajo de los investigadores Félix Jorge Guerrero y Sixto Rolando Espinosa.

 

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