| El
carbón de los Borrego
RONAL SUÁREZ
Pedro Borrego tiene una tradición
carbonera; ese fue el oficio de su padre Pedro Antonio, quien a los
92 años de edad todavía le acompaña en su andar por
Guanahacabibes, detrás de las brigadas forestales que realizan el
raleo del bosque.
Abundante leña para los carboneros está proporcionando el raleo que se realiza en Guanahacabibes para mejorar el bosque.
Él y su hijo Yosvani forman parte de
los 60 hombres encargados de convertir en carbón toda la leña
proveniente de árboles y ramas derribados por el huracán Iván. En
el patio de la casa que les sirve de albergue, en La Jaula, una
especie de negro volcán despide humo por los arreos (orificios)
inferiores, señal de que la quema está llegando a su fin.
"Debe
dar 200 sacos", expresa Pedro, y nos muestra otro aledaño, ya
convertido en una pequeña pila de tierra, de donde están
terminando de ensacar 180 unidades, poco más allá un tercero de
similares proporciones todavía no ha recibido el cobertor de pajón
y la tierra con que finalmente se cubre.
Un horno de estas dimensiones puede dar 200 sacos y tarda de siete a ocho días en quemarse.
Los Borrego son gente de la
península. Antes del triunfo de la Revolución vivieron en Plumaje,
un punto de la costa Norte, adonde era difícil llegar. Si duro
resultaba hacer carbón, también lo era venderlo a precios de
miseria. Allí nació Pedro 52 años atrás. Décadas después se
fue a residir en San Nicolás de Bari, provincia de La Habana.
Cambió de hábitat, pero no de
oficio hasta que, reclamado por la familia y por el influjo del
extremo occidental, regresó a Manuel Lazo y al trabajo de la
Forestal.
Ser carbonero ahora es muy distinto,
a los que acometen esa tarea en Guanahacabibes, la Empresa les
proporciona todos los recursos: leña, pajón y medios de trabajo.
Les acopia todo el carbón a dos pesos el saco, pero si la
producción mensual rebasa los 250 sacos, entonces el precio del
excedente es de tres pesos por unidad.
Tanto Pedro como Yosvani afirman que
no es difícil sobrepasar esa cifra; además, al formar parte del
contingente que tiene a su cargo la recuperación de la península,
también están acogidos a las atenciones que recibe esa fuerza.
Hablar con ellos es penetrar en los
secretos de un trabajo que requiere de dedicación y experiencias
para sortear los riesgos. Un horno de tal magnitud tarda siete u
ocho días en quemarse, tiempo que debe estar custodiado por el
hornero para detectar preventivamente la "boca" y cubrirla con
trozos de leña. De lo contrario, puede convertirse en cenizas todo
el esfuerzo precedente.
Una vez que la quema ha terminado,
hay que apagar y refrescar con tierra el carbón antes de proceder a
su saca. "Esa tarea se rea-liza siempre de noche, para contrarrestar
el calor y poder ver la candela que se enmascara en cualquier trozo
de leña carbonizada", alerta Pedro.
Según nos contó, no pocas veces se
le ha incendiado un saco horas después de haberlo llenado. Por esa
razón también aconseja cargar ese producto después de que haya
permanecido un tiempo a la intemperie, para estar seguros de que no
queden vestigios de candela.
De acuerdo con datos ofrecidos por la
dirección de la Empresa, en noviembre y diciembre deben de
elaborarse unos 40 000 sacos destinados al uso como combustible
doméstico, en la actividad avícola y para la exportación.
El carbón cubano, por su reconocida
calidad, tiene alta demanda en el mercado externo. A la Empresa
Forestal Guanahacabibes le solicitan con tal fin el que hacen con
leña de llana, júcaro, casuarina y eucalipto. Hasta ahora destina,
a tal fin 18 toneladas mensuales, aunque se propone aumentar esa
cifra.
Antes de abandonar La Jaula,
pregunté a Borrego qué sentía al armar sus hornos con la leña
proporcionada por el terrible huracán. "Es el carbón que nunca
hubiera querido hacer, preferiría tener que cortarla con el hacha y
que se mantuviera la belleza de la península, pero espero que entre
la naturaleza y nosotros volvamos a devolverle su esplendor", fue su
respuesta. |