Crece el pequeño formato
AMADO DEL PINO
POR ESTOS DÍAS La Habana ha recibido
propuestas diversas para elencos reducidos en el II Festival de
Pequeño Formato. Estos encuentros son herederos de las fiestas del
monólogo que, en el último lustro de los ochenta y la arrancada de
la década siguiente, gozaron de gran popularidad y repercusión.
Eventos similares se desarrollan en otros territorios, entre los que
se destaca el de Villa Clara. Este de la capital posee la singularidad
de estar presidido por una figura esencial para nuestra vida
escénica: el formidable dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa.
Sin que formara parte de la
convocatoria ni existiese conspiración alguna para subrayar el
homenaje, algunas de las propuestas más interesantes de la cita
partieron de la literatura dramática del autor de María Antonia.
La noche inaugural —que sirvió además para ratificar las
posibilidades de la sala Manzano en el cine City Hall de la barriada
del Cerro— dejó ver la fluidez y encanto que ha ido ganando Monse
Duany en Emelina Cundiamor. Vale recordar que Hernández
Espinosa es de nuestros grandes autores, el más que ha trabajado los
textos para un solo actor. En el reciente Festival Nacional de Teatro
participó con Tíbor Galárraga, la otra cara de la moneda del
conflicto de Emelina. La cotidiana agonía de esta mujer que sufre por
la falta de autenticidad y la traición cultural de su marido está
vista ahora desde un espectáculo movido, percutido, aparentemente
ligero. Pero la fuerza del verbo y los encantos de la actriz logran
emocionarnos por muy cantables o bailables que se tornen las
soluciones escénicas.
Otra lectura a partir de la dramaturgia
de Hernández Espinosa la ofreció el grupo Vi-tal de Teatro. Cuando
se estrenó este espectáculo manifesté desde estas páginas mi
discrepancia con la bastante libre versión de Alejandro Palomino. El
proceso de maduración y crecimiento de la puesta en escena ratifica
el carácter mutable y cambiante del hecho teatral. Sigo notando
cierta falta de equilibrio a la hora de yuxtaponer el argumento
escrito en 1971 y la vocación de acercarlo al público de hoy. Pero
lo legítimo de la energía de los actores, la sinceridad del
intercambio generacional, la eficacia en el uso del espacio y de la
banda sonora; la complicidad que logran con el público le da pleno
sentido a esta renovada lectura, en la que se mantiene lo mejor de la
poesía escénica del autor. Chino Jorge Juan consigue un Cheo a la
vez desbordante y contenido. Límpida resulta su cadena de acciones y
virtuoso su decir, sin perder la voluntaria incoherencia del
personaje. Carlos Treto nos lleva de la risa a la emoción, con un
Manolo delicioso al que solo le sobran algunos textos demasiado
gritados y una fugaz propensión a la desmesura en su gestualidad.
De los varios montajes interesantes que
llegaron de fuera de la capital, vale destacar al grupo Teatro D' Sur
que desde hace 25 años mantiene un riguroso repertorio teatral desde
el matancero municipio de Unión de Reyes. Otras veces he dejado
testimonio de mi admiración por el talento, la perseverancia, la
voluntad artística de Pedro Vera. Al estrenar en Cuba Quarteto,
del gran dramaturgo alemán Heiner Müller (1929-1995), Vera nos da
otra prueba de su pasión por lo difícil. Estamos ante una puesta en
escena muy profesional y equilibrada. El diseño del espacio escénico
—firmado por el director— se destaca por la sobriedad y la
eficacia. El juego de los actores por momentos se torna un tanto
frontal y previsible, pero el desempeño de Wilfredo Mesa y Sahily
Moreda le confieren el ritmo necesario para que nos lleguen las
brillantes, aunque muchas veces abstractas, ideas y sensaciones de
Müller.
Con modestia, pero con rigor, el
encuentro habanero del Pequeño Formato crece y se caracteriza. Vale
la pena desearle, para la próxima cita, más proyección y
resonancia.
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