El tren del agua

ALEXIS ROJAS AGUILERA

HOLGUÍN.— Cuando escribo estas líneas, una fina llovizna golpea la ventana. Unos cuantos días hacía que no escuchaba ese ruido encantador. Octubre se fue casi sin él y noviembre apenas ha regalado algo, sumándose a la sequía que atenaza a este territorio ya por mucho tiempo.

Foto: MILDRED LEGRÁUna tripulación de la empresa
 azucarera Cristino Naranjo
 conduce el tren del agua.

Dos de las tres presas que rodean a la ciudad de Holguín siguen colapsadas, precisamente las mayores (Gibara y Güirabo), y solamente la pequeña Cacoyugüín tiene para responder todavía un poco. Por tanto, el abasto de agua a buena parte de la población de esta capital provincial se asegura mediante la extracción de pozos y el traslado y distribución del líquido mediante pipas.

En ese panorama aparece una alternativa más que no resuelve todo, pero ayuda: el tren del agua.

La singular variante tiene hoy una particular relevancia. Gracias al tren que casi todos los días llega a la estación de carga de Holguín, la ciudad recibe 300 000 litros para ir mitigando la carencia del imprescindible elemento.

En este último lugar, por supuesto, fue creado un punto de descarga para las tolvas portadoras del agua y para cargar las pipas, tanques en carretas, camiones habilitados de vasijas fabricadas con urgencia encargados finalmente de abastecer a las viviendas y restantes consumidores de amplias zonas, fundamentalmente del Sur de la Ciudad de los Parques.

PATAS DE HIERRO

En las madrugadas, sin importar truenos o relámpagos que quizás fueran bien mirados como preludio de fresca lluvia, los integrantes de la tripulación de la máquina 38129 de la empresa azucarera Cristino Naranjo dejan el tibio refugio de la cama para cumplir con el deber.

El silencio del patio ferroviario de ese poblado de Cacocum es roto por el rugido del motor de la potente locomotora, mientras el resto del convoy, formado normalmente por seis grandes tolvas para el trasiego de líquidos, es revisado cuidadosamente.

Solo entonces, con vía concedida, el tren se pone en marcha hacia los pozos donde toma el agua que esperan los holguineros. Sus tripulantes saben el valor de esa carga necesaria. Los más de 20 kilómetros que los separan del destino son conocidos por José González Pérez y Armando Eduardo, vanguardias del sindicato azucarero, como las propias palmas de sus manos. Tampoco guardan secretos para el resto de sus compañeros. Con la llegada del día, cuando no deben esperar por el paso de algún convoy de carga o de pasajeros con más prioridad en la vía, entran al patio de carga.

Desde mucho antes, por el profundo silbato de la máquina, los vecinos del centro de carga de la ciudad de Holguín saben que Patas de Hierro se acerca con su carga aliviadora. Por la tarde será el regreso para esperar la siguiente madrugada. Así, mientras sea necesario.

 

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