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Carpentier suena
Pedro
de la Hoz
Antes del escritor, fue el
músico. El niño soñando y viviendo la música en La Habana de los
primeros años de la pasada centuria. El joven que irrumpió en la
prensa de los veinte como un crítico agudo y audaz. El hombre que
comenzó a intuir lo real maravilloso en el magma afrocubano fijado en
las partituras de sus coetáneos Roldán y Caturla. No fue de
extrañar, entonces, que ayer el Congreso Internacional El Siglo de
Alejo Carpentier, que conmemora en Casa de las Américas el centenario
de su nacimiento, abordara en su agenda la íntima relación entre su
obra y la música.
La consagración de la primavera, en versión de Bejart, muy cercana a la que propone Carpentier en la novela homónima.
Sensibles contribuciones
aportaron la musicóloga francesa Marie Pierre y el narrador y
filólogo colombiano Pablo Montoya, doctorado en La Sorbona con una
tesis sobre la música en Carpentier. La primera reveló los sonidos y
silencios, las fugas y contrapuntos, traspolados a la estructura y el
contenido narrativo de Los pasos perdidos; el otro estableció,
con argumentados relieves, las sucesivas variaciones coreográficas de
La consagración de la primavera, de Igor Stravinski, desde su
estreno hasta la que propone el escritor en su texto homónimo a
través de Vera, la protagonista, la cual guarda estrecha relación
con la versión de Maurice Bejart para el Ballet del Siglo XX.
La perspectiva del arte
lírico musical provino de la acuciosa mirada del poeta y ensayista
camagüeyano Roberto Méndez, quien en una comunicación erudita e
ingeniosa donde contrasta el encuentro de Carpentier y Vivaldi en
Concierto barroco y resalta la extraordinaria visión que el cubano
tenía sobre la ópera y la manera de tratar los mitos y los ritos de
la identidad americana.
Desde el ángulo
lingüístico, el profesor de la Universidad de La Habana, Rafael
Rodríguez Beltrán exploró —cómo suena" El siglo de las luces,
mientras quien escribe esta nota fue convocado a hablar de las
aproximaciones carpenterianas a las músicas populares cubanas de
mayor difusión internacional durante el pasado siglo.
De la música se pasó al
cine, a la dificultad de trasladar el lenguaje narrativo de El
siglo de las luces y Derecho de asilo al celuloide, empresas
acometidas por los cineastas cubanos Humberto Solás y Octavio
Cortázar, respectivamente (los asistentes ponderaron el justo enfoque
crítico de la profesora y ensayista Astrid Santana) y a la versión
libérrima que de Los pasos perdidos (no podía ser de
otra manera, los derechos de autor fueron vendidos en los cincuenta a
uno de los grandes estudios norteamericanos a fin de que Tyrone Power
lo filmara, proyecto frustrado por la muerte del actor) estrenó el
argentino Eliseo Subiela en 1981 bajo el título de La conquista
del Paraíso.
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