El mensajero toca a la puerta

Un avileño sexagenario que desde los 13 años de edad lleva medicinas a los hogares de muchos y solo pide a cambio un gesto amable

ORTELIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ

CIEGO DE ÁVILA.— Manuel González Quiñones, El Chino, parece olvidar que casi ha recorrido el mundo. Sus piernas no lo han llevado a países lejanos, pero han devorado kilómetros. Desde los 13 años de edad, a pie o en bicicleta, lleva las medicinas a los hogares de muchos.

Foto: NOHEMA DÍAZ MUÑOZEl Chino entrega las medicinas
 en los hogares de cada paciente.

Es el mensajero de mayor tiempo en el oficio en toda la provincia. Comenzó en la botica La Candelaria, en la ciudad de Ciego de Ávila. Después pasó a La Central, donde ha echado raíces.

Todavía le mortifica aquella manera de actuar de los dueños de establecimientos, cuando los llamados viajantes les daban una parte de las medicinas que traían para que las regalaran a los pacientes y, simulando hacer el bien, se las vendían a quienes no traían el dinero completo. Así sacaban ganancias y se hacían merecedores del agradecimiento de los necesitados.

El Chino habla de lo que nunca fue: "Ni persona era. Concluía mi jornada en la mensajería y me iba a lavar autos, vender billetes de lotería, periódicos y la revista Bohemia. Éramos 17 de familia.

"¿Al pasado? Ni muerto. Antes del 59 mis 14 hermanos y yo teníamos los estómagos ruidosos, llenos de hambre; los ricos eran los únicos que podían comer bien y recibir el servicio de mensajería".

La década del cincuenta se hundía y El Chino fue curtiendo la honestidad con las labores cotidianas. Un buen día los andares por las calles de la ciudad y su cambio de mentalidad lo condujeron a la transportación de bonos y otras tareas del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, y a la participación en revueltas populares.

"¿Lo de los bonos? Al llegar al lugar señalado, buscaba a la persona descrita y le decía la contraseña. Me respondía: `Ese es el mandado de La Rosa'. Entonces yo entregaba el paquete. En las revueltas quemábamos gomas en la calle Independencia, frente al Hotel Rueda. Así tratábamos de obstaculizar el paso de los guardias de la tiranía.

"Menos mal que todo cambió a partir del Primero de Enero de 1959. Ahora hay más de 70 personas que no pueden ir a la farmacia y esperan por mí para que les lleve algún medicamento."

Y pone ejemplos, como para demostrar su verdad, y se le paraliza la voz cuando piensa en aquellos que ya no están..., pero se siente tranquilo.

"A Adelfa Palmero yo la atiendo. Está delicada. Le llevo Amicodex, Atenolol, Vitamina E. Cuando le mandan los sueros, también se los llevo.

"Otro es Orlando Moreno, combatiente de la lucha clandestina. Está operado del corazón. Delicado también. Él recibe Espirolactona, Nitropental, Atenolol, Glibenclamida. Yo no tuve estudios, pero conozco para qué sirve cada uno de esos medicamentos."

También atiendo a Josefa, Liduvina, Miguel, y a la doctora Santiesteban.

"A veces muchos quieren agradecerme mi labor con un presente, algún regalito, pero el mérito no es mío, es de la Revolución, del sistema de Salud que tenemos. Yo solo les digo: `Un cafecito, un cafecito'..."

 

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