La mancha humana
ROLANDO PÉREZ
BETANCOURT
Sigue el cine La Rampa con
lo último de Nicole Kidman y ahora junto con Cold Mountain,
aquí comentada, puede verse La mancha humana —Estados
Unidos, Francia, Alemania—, realizada en el 2003 por el veterano
director Robert Benton, autor de Kramer vs. Kramer y Billy
Bathgate, entre otras.
De Benton se sabe que es
portador de un cine bien realizado, clásico si se quiere, con una
densidad expositiva que sabe medir muy bien los tiempos y que lo
convierte en primera espada de las adaptaciones literarias, como es el
caso del filme que nos ocupa, resultado de una polémica novela del
mismo título escrita por Philip Roth en el año 2000.
No por gusto La mancha
humana se sitúa dentro del sismo de moralina y conservadurismo
que invadió la sociedad norteamericana en aquellos días del
escándalo Clinton-Lewinsky. Coleman Silk (Anthony Hopkins) es un
maduro y respetado profesor universitario al que ponen de patitas en
la calle por un absurdo justificado solo por los tiempos de cacerías
del "decoro" que corren. Su mujer recibe la noticia y muere y el
profesor se queda rumiando con otro amigo intelectual lo que sin duda
será el tema esencial de la historia amorosa que está por venir: la
mentira sometida a las apariencias, la mentira en función de llegar a
ser lo que se desea, y por el camino, la lucha de un hombre contra su
sociedad y su cultura.
Entonces llega la Kidman,
convertida no en la gran dama que es, sino en Faunia, una pobre mujer
que parece haberlo sufrido todo en la vida, desde la violación
paterna hasta la pérdida de sus hijos en un accidente, sin descontar
la presencia de un marido demencial tras su paso por la guerra de Viet
Nam. ¿Calor humano, amor, las dudas de la soledadÁ? Pues sí señor,
el profesor ya en retirada, con pasado secreto que no cuento y Faunia,
que aunque maltratada y con poco nivel cultural sigue con los
destellos exuberantes de la Kidman, sellan sus vidas. Y entonces
vuelve a asomar la oreja peluda de los prejuicios.
Como cualquier otra
sociedad, la norteamericana ha crecido con estereotipos acuñados por
la realidad y que en el filme de Benton se hacen presentes:
Mezquindades de una civilización que desde postulados de "libertad"
pretende dictaminar en sus entornos cerrados qué es bueno y qué es
malo, racismo, la violación infantil como mal endémico, las secuelas
físicas y mentales dejadas por las guerras de agresión y la mentira
como remedio para el avance personal y en la cual está sumido el
protagonista. Una confrontación con el pasado que saldrá a relucir
solo cuando Faunia despierte en él apetitos sexuales olvidados y con
el choque genésico surja una nueva vida con nuevas confrontaciones.
Atractiva cinta de Benton
que, sin embargo, no logra en un principio de la historia que el
espectador se "enganche" demasiado con lo que está viendo, aunque
luego sí redondea con su carga dramática el hondo sentido humano de
la historia. ¿La culpa de lo primero? Pues la química de dos grandes
actores, la Kidman y Hopkins. Y no por el hecho de que ella sea
aquello que Fellini denominara "un mamífero de lujo" y él —qué
duro decirlo— un viejo. Es más que eso. Cuesta trabajo asumir todo
el dolor humano que en el guión se le inyecta al personaje de la
Kidman, una actriz capaz de hacer mucho y bueno, pero con "una clase",
como se decía antes, que la desborda y la denuncia por encima de la
humildad y las agonías de su personaje.
Un personaje el de su
Faunia que —había que darse cuenta— no era para ella.
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