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Con Fidel y Camilo
Gran marcha popular en apoyo a la Revolución
JORGE
BETANCOURT HERRERA
Miembro de la Unión de Historiadores de Cuba
Si la gran marcha
popular que con Fidel protagonizaron 30 mil lugareños por distintas
calles de Camagüey en apoyo a la Revolución fue determinante para
poner fin a una conjura sediciosa, el héroe indiscutido de aquella
inolvidable jornada fue el Comandante Camilo Cienfuegos Gorriarán
que, con solo tres escoltas, capturó en el cuartel Agramonte al
traidor y otros complotados.
La madrugada de ese día
21 de octubre de 1959, hace 45 años, comenzaba Fidel a contestar la
carta de renuncia del comandante Hubert Matos Benítez como jefe
militar de esa provincia cuando recibió el alerta de los capìtanes
Jorge Enrique Mendoza Reboredo y Orestes Varela de que tal solicitud
no era secreta sino rumor público que crecía en Camagüey.
Fidel les orientó un
grupo de medidas a adoptar en previsión de una posible
confrontación con los conjurados y le ordenó a Camilo, jefe del
Estado Mayor del Ejército Rebelde, resolver ese día aquella
situación que ponía en peligro la estabilidad de la Revolución.
El Héroe de Yaguajay decidió partir poco después en avión hacia
Camagüey, con la escolta y un grupo de combatientes.
CAMILO LLEGA A
CAMAGÜEY
A las seis de la mañana
Camilo llegó al aeropuerto Ignacio Agramonte, ocupado por las
Fuerzas Tácticas del Ejército Rebelde bajo el mando del capitán
Arnaldo Pernas, y se dirigió a la estación de la Policía de la
calle Avellaneda, también tomada por fuerzas leales, como la de la
calle Lugareño.
Allí le explicaron que —como
había ordenado Fidel— tenían control de los hospitales, las
farmacias y droguerías, el periódico Adelante y las emisoras
radiales. Desde Radio Legendario se denunciaba el complot y llamaba
al pueblo a estar listo ante cualquier contingencia.
Camilo con su escolta
fue para el cuartel Agramonte, cubil de los complotados, penetró
por la entrada de la instalación militar sin contratiempos y se
dirigió a la residencia del traidor, tocó a la puerta de su
habitación y, al este abrirla aún soñoliento, le espetó: "¡Hubert,
como jefe del Ejército Rebelde te detengo por traidor!
¡Acompáñame!"
¿Qué ocurrió la noche
anterior que hizo pensar en que algo extraño sucedía? Era
creciente el rumor sobre la renuncia de Matos y el hecho de que no
se presentara a presidir el acto por el XI aniversario del asesinato
del líder campesino Sabino Pupo Melián por sicarios de la Manatí
Sugar Company, además de sus públicas diatribas contra todo aquel
que "oliera" a comunista.
Se conocían sus
vínculos con hacendados y terratenientes, sus frenos a la
aplicación de la Reforma Agraria, desoír reclamos obreros de los
centrales Carlos Manuel de Céspedes y Jaronú (Brasil) y de los
campesinos de Las Maboas, desalojados por la guardia rural del
dictador Batista por ocupar tierras reclamadas por el King Ranch y
la Francisco Sugar Company.
También las
arbitrariedades cometidas con oficiales y combatientes de la Columna
9 Antonio Guiteras —a las mujeres las licenció—, y el
otorgamiento de ascensos a quien le venía en gana, la entrega de
automóviles y viviendas y otros privilegios. "El file de quejas
contra Hubert Matos crecía cada día", narraría la secretaria de
Camilo.
OTROS CABOS SE UNEN
Pero hubo otros hechos
que motivaron que el Departamento de Investigaciones del Ejército
Rebelde (DIER) iniciara una investigación: Su gran intimidad con
Manuel Urrutia Lleó y Pedro Luis Díaz Lanz, acérrimos
anticomunistas como él, que después del triunfo del Primero de
Enero de 1959, comenzaron a dañar con sus acciones la unidad de las
fuerzas revolucionarias.
A esto se unió que
cuando el 12 de agosto —Operación Santo Domingo— se capturó en
Trinidad un avión C-46 con armamentos para el Segundo Frente
Nacional del Escambray (cuyos dirigentes asumieron una posición
divisionista contraria a los intereses de la Revolución), se ocupó
una carta donde se hablaba de Hubert Matos como uno de los oficiales
rebeldes con los que podía contactarse y se daban instrucciones de
esperar el "desarrollo de futuros acontecimientos en Camagüey".
El abultado dossier de
Matos —e investigaciones posteriores de otros hechos durante la
lucha en la Sierra Maestra—, permitirían caracterizarlo como
ególatra, hombre ambicioso de poder y manía de grandeza.
Es oportuno conocer que
posteriormente a su designación como jefe de la Columna 9 Antonio
Guiteras, empezaron sus arbitrariedades, como el conflicto que
provocó cuando se quedó con las mejores armas tras una exitosa
acción conjunta con los comandantes Efigenio Ameijeiras y Samuel
Rodiles Planas.
O la respuesta
descompuesta e insubordinada cuando Fidel le solicitó la
devolución de una ametralladora Beretta, necesaria para otra
misión, al punto que el Comandante en Jefe le dijo que entregara el
mando al comandante Félix Duque; o las reiteradas desobediencias al
jefe del III Frente Oriental, Comandante Juan Almeida Bosque.
Nélida Franco, esposa
del capitán Antolín Quiroga, ambos integrantes de la Columna 9
Antonio Guiteras, testimonió: "Un terrateniente mandó a quemar los
bohíos de una familia de apellido Revilla. Enterado Hubert Matos,
mandó a buscar al hijo de este y le obligó a entregar mil pesos
por cada bohío".
"Al
triunfo de la Revolución envió una nota al padre Casadellas,
director de los Colegios Internacionales de El Cobre, donde le
pedía enviar los siete mil pesos que su padre le había dado a
guardar. Ese dinero nunca lo recibieron esos campesinos."
Pero la tapa al pomo, lo
insólito ocurriría el Primero de Enero de 1959 cuando le solicitó
al coronel Rego Rubido, jefe de la plaza militar de Santiago de
Cuba, que le enviara a El Caney los tanques, blindados y otros
armamentos, pero este se negó contestándole que solo entregaría
la ciudad al Comandante en Jefe del Ejército Rebelde.
Esta es, en síntesis,
la breve pero larga historia de un ególatra fiel a su origen de
clase —su padre poseía 92 caballerías de arroz en Yara, Oriente—
cuya manía de grandeza le hizo creer que por sus poses demagógicas
de hombre probo "amante de la libertad y la democracia y enemigo del
comunismo" podría engañar al pueblo de Camagüey y que este —como
algunos confundidos dirigentes de organizaciones revolucionarias,
sindicales y estudiantiles— lo apoyaría en su sedición
contrarrevolucionaria.
CAMILO Y LOS
SEDICIOSOS
Al reunirse con Matos y
sus oficiales, Camilo le echó en cara su renuncia y que esta no era
privada sino pública, lo que este negó. También le reprochó sus
frecuentes visitas a La Habana, y sus contactos con Díaz Lanz y
Urrutia —sus "socios" anticomunistas— y no contestó.
La situación fue
acalorándose al punto en que Hubert Matos se echara a llorar,
suplicando engañosamente: "¡Yo no soy un traidor! ¡Yo no soy un
traidor!, es un complot de Mendoza!" Narraría Juan Nápoles
Rodríguez, Crucito, jefe del DIER en la provincia de Camagüey,
allí presente, que en el transcurso de la discusión, uno de los
oficiales de Matos sin darse cuenta, cometió una indiscreción
cuando dijo que habían renunciado en "solidaridad" con su jefe. "¡Ah,
pero hay más renuncias!", exclamó Camilo y a continuación envió
a uno de sus escoltas a la oficina del sedicioso a revisar su
escritorio, donde aparecieron otras 17 renuncias.
En eso llegó un oficial
y le comunicó que Fidel, acompañado por el pueblo, estaba ante las
puertas del cuartel. Dejando a buen recaudo a los detenidos, Camilo
fue a reunirse con el Jefe de la Revolución.
FIDEL EN CAMAGÜEY
Fidel llegó a Camagüey
poco antes de las diez de la mañana y se dirigió a la ciudad. Al
cruzar la línea del ferrocarril y avanzar por la calle República,
el pueblo lo reconoció y comenzó a acercársele. Bajó del
vehículo en el que iba y dijo: "¡Sigan ustedes que yo voy con el
pueblo!"
A pie, rodeado por las
masas que gritaban ¡Viva la Revolución! y ¡Abajo los traidores!
el Comandante en Jefe llegó a Radio Legendario y pidió informaran
que estaba en Camagüey y solicitaba la compañía del pueblo. De
allí siguió hasta las oficinas del INRA, en San Pablo esquina a
Gonzalo de Quesada, donde Mendoza le explicó la situación. Camilo
llegó, conversó con ellos y regresó al cuartel Agramonte.
Seguido por el pueblo
que engrosaba sus filas desde otras calles, Fidel avanzó por
Independencia hasta General Gómez, donde subió a una camioneta,
dirigiéndose hacia el cuartel Agramonte, a unos tres kilómetros de
distancia. Al llegar, la enorme masa humana que le acompañaba se
unió a varios centenares de camagüeyanos que estaban ante las
murallas de la instalación militar. Ordenó abrir las puertas y
entró con el pueblo al cubil de los sediciosos.
Ante la gran
concentración popular, el capitán Jorge Enrique Mendoza Reboredo
denunció la vil maniobra del sedicioso y sus complotados. Después
habló Camilo. Reiteró que la Revolución iría hasta donde fuera
necesario y agradeció a los camagüeyanos su gran apoyo para hacer
abortar aquella conjura. Esta idea la reiteraría por la noche en el
Canal 11 de la Televisión Camagüey y al otro día en nota
publicada por el periódico Adelante.
Fidel dio repuesta a la
carta de renuncia del traidor, donde entre otras cosas le decía que
"...todo aquel que haya hablado contigo sobre el problema comunista
debe irse antes que lo quiten", refiriéndose de modo intrigante a
otros dignos oficiales rebeldes como los comandantes Almeida,
Calixto García y el capitán Jesús Suárez Gayol, quienes
alertaron a Fidel de los "sondeos" anticomunistas del traidor,
buscando apoyo para sus planes.
Aquella "renuncia
táctica" de Matos —acelerada al enterarse de que el Comandante
Raúl Castro había sido nombrado Ministro de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias— buscaba una escalada de adhesiones de otros jefes
militares, con el procedimiento de solicitar su licenciamiento, y
mientras se tramitaban en el Estado Mayor, provocar una agitación
política que implicara nuevas renuncias, estas de funcionarios
civiles, y la movilización ciudadana en su respaldo.
Buscaba transformar la
situación en un movimiento de incalculables consecuencias, con él
como líder y caudillo, que casi seguro apoyarían los "alzados" del
Escambray y otras fuerzas contrarrevolucionarias (con la CIA y el
Gobierno yanki detrás), y probablemente, a solicitud del traidor,
la intervención de las tropas estadounidenses.
Al atardecer de ese 21
de octubre dos aviones lanzaron miles de volantes sobre las más
céntricas calles de la ciudad de La Habana. Después, ametrallaron
a la población y dejaron caer granadas dentro de vasos de cristal
(estallaban al romperse estos y zafarse la espoleta), antes de
regresar a Miami.
Más tarde se conocería
que Díaz Lanz pilotaba uno de los aviones atacantes y, aunque no
fue demostrado, quedó otra duda: ¿Esta acción no sería además
para apoyar el intento sedicioso del traidor?
Pero el 21 de octubre de
1959, hace 45 años, la audacia y el valor a toda prueba del heroico
Comandante Camilo Cienfuegos Gorriarán, la inteligencia
premonitoria del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, y el
incondicional apoyo a la Revolución del pueblo camagüeyano, se
unieron en un solo haz, logrando una importantísima victoria
ideológica y frustraron la vil intentona sediciosa. |