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Cold Mountain
ROLANDO PÉREZ
BETANCOURT
Los
admiradores de El paciente inglés, de Anthony Minghella,
tienen la oportunidad de reencontrarse en el cine con el mismo
director que en aquel filme fuera aplaudido sin reparos y que ahora,
con Cold Mountain, su última entrega, también trata de
volar alto, pero se queda a medio camino no obstante atesorar en las
alas todo lo que necesitaba para llegar.
Al igual que James
Ivory, Minghella se ha convertido en un especialista de las
adaptaciones literarias. El paciente... fue un ejemplo e
igualmente El talento del señor Ripley. El libro que le
sirve de base ahora fue escrito hace ocho años por Charles Frazier
y de inmediato se convertiría en un exitazo de venta, según los
especialistas porque tiene la facultad de abordar la Guerra de
Secesión desde unas perspectivas épicas, pero originales como
tratamiento artístico. Frazier partía de un hecho real que en
aquella sangrienta contienda involucrara a un pariente suyo y creaba
con él un acercamiento al clásico tema homérico de Ulises
volviendo a Itaca.
Cold Mountain es
la historia de un soldado confederado (Jude Law) que un buen día,
hastiado de tanta sangre y pólvora, de esa guerra que "no es la
suya", decide desertar y volver a los brazos de su amada (Ada), una
desangelada Nicole Kidman. Por el camino, el guerrero en fuga debe
hacerle frente a un sinnúmero de aventuras y en ese acápite se
luce Minghella, recreando una cruenta atmósfera de lo que entonces
fuera aquel país y apoyándose en una fotografía que sabe sacarles
excelente partido a los escenarios naturales.
Pero Minghella resbala
en varios aspectos importantes: primero, se equivoca al escoger a
los protagonistas. Ni Law ni la Kidman son capaces de despertar la
emoción que se sabe pretende rubricar la película. A esto
contribuye el guión, recargado como narración y en "lo pasional"
carente de los resortes dramáticos fundamentales que hagan
verosímil el viaje por los infiernos al rescate de esta refinada
Penélope, a duras penas sobreviviendo como granjera en el poblado
de Cold Mountain.
Asistimos entonces a una
de las historias más frías en asuntos del corazón que se hayan
filmado en los últimos tiempos y a la primera película en que la
Kidman —una gran actriz— parece estar a media legua de distancia
de lo que demandaba su personaje (se asegura que la australiana
asumió esta empresa luego de terminar de filmar Dogville,
con Lars von Trier, una película que la dejó equilibrando en un
desorden psíquico).
Si en lo visual Cold
Mountain exhibe la factura de las "magnas obras", en su urdimbre
de personajes no es capaz de adentrarse con tino en los conflictos
surgidos de la interrelación entre ellos. Y aquí se incluye la
campesina (Ruby) que interpreta Renée Zelwegger, con un Oscar por Cold
Mountain (debió haberlo ganado en Chicago), pero sin
duda demasiado caricaturizada en su rusticidad de mujer conocedora
que trata de tirarle un cabo a la grácil Ada.
Tiene elementos aislados
bien equilibrados este último filme de Minghella y hasta pudiera
disfrutarse, siempre con el alerta susurrante de "lástima de esto"
y lástima de "aquello otro". Tiene lo aislado, sí, pero está
lejos de lo soñado.
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