Jorge Luis Hernández in memoriam

La amistad y el rigor

FÉLIX SÁNCHEZ RODRÍGUEZ (*)

Anoche, días despúes de aquella difícil llamada de León Estrada: "Te tengo que dar una mala noticia. Jorge Luis Hernández acaba de fallecer", tuve al fin valor para buscar entre mis libros Un tema para el griego y El jugador de Chicago y tocarlos para realizar algo parecido a lo que debí hacer y no pude por esa posmodernidad periférica que hace que para algunos, aún ante la inminencia del adiós a un amigo como él, Santiago de Cuba nos esté más lejos que París.

En El jugador de Chicago releí anoche aquella dedicatoria firmada en octubre de 1994, en una de sus visitas a mi casa, la primera vez que vino a Ciego de Ávila: "Para Félix, aunque su amistad merecía un mejor libro". No se trataba en su caso, de un simple juego a la autocrítica o de lograr la dedicatoria lapidaria. Asumió la literatura con un rigor que, tal vez en exceso, provocó que nos dejara menos libros de los que pudo. Cuando nos conocimos, en Bayamo, un día de 1992, y le hablé de Un tema para el griego —el viejo recurso del escritor aprendiz ante el escritor consagrado— no adoptó la pose que esperaba (demasiado y felizmente ocupado en controlar la hiperquinesis de sus hijos) y acabamos hablando de Soler Puig, su amigo entrañable, por quien sentía una verdadera devoción, y de libros de otros. Esa noche me habló de un libro que había premiado un tiempo atrás en el Regino Boti, Cuentos para adúlteros, y que le parecía mostrar los inicios de un buen escritor. Me dijo, riéndose, que Soler le había dicho barbaridades de la primera página de Un tema para el griego. Y de ahí pasamos a hablar de La muerte de Virgilio, eso sí era una novela. Y yo me quedé esperando que al final fuera más benévolo y terminara revelándome sus satisfacciones por la novela que le había hecho ganar el Premio de la Crítica en 1987 y todos aceptábamos como una decisiva contribución a la novelística cubana, un giro que ayudaría a que tomase el camino esperado.

En Un tema para el griego, Jorge demostró que tenía para más. Pero las veces que le pregunté por sus libros futuros, me demostró que escribía sin prisa, que no le preocupaba mucho publicar, que lo importante era escribir bien, sin tener que arrepentirte mañana. Tenía una noción muy seria de la literatura. Era un crítico implacable, al extremo de que ni siquiera Aida Bahr, su compañera, le sacaba un sí aprobatorio que no estuviera literariamente avalado. "Se lo di a leer a Jorge, ya tú sabes..."

Jorge se nos fue, parece que sí, que al escribir estas líneas estoy plegándome a la certeza de la noticia y que tendré que hacer lo inevitable: llamar a Aida, y no saber qué decirle, y quedarme mudo como ocurre cuando se da un abrazo. Y escribir como si él fuera a leerme siempre, se estuviera ajustando sus grandes espejuelos para empezar a hablar con esa franqueza tan hermosa y terrible. Y tratar de hacerlo de la mejor manera, y no mezclar, por ninguna razón, la literatura con la innobleza y los odios y los celos, para que si al final dejamos pocos libros, podamos sentir, como él, la alegría de que en cambio fueron muchos, muchísimos los amigos.

(*) Escritor avileño

 

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